Prólogo
Estoy andando por la calle de camino al instituto. Igual que la semana de exámenes antes de vacaciones, sorteo la calle de Celia. También la de Oli. Oli…
Me torturo. Me torturo pensando en ella y en el día en que me dijo que me fuera con la rubia. He intentado hablar con ella miles de veces. Pero es imposible porque es dura de la hostia. Y se niega hasta a mirarme a la cara. No sé cómo eso es viable después de todo. Pero es así.
Estoy llegando. Pero cuando cruzo la esquina que me separa del instituto, desde donde se puede ver la barandilla que hay frente a la entrada principal, se me cae el mundo entero encima. No puedo pensar. Y de repente mis piernas van solas y no soy capaz de controlarlas. He perdido la cabeza y quiero partirle la cara a Víctor. Porque está en la barandilla, con Oli delante, entre sus putas piernas. Ha tocado a Oli. Ha besado a Oli en el cuello. Donde yo he dejado mi camino cientos de veces en los últimos meses. Y el hijo de puta me estaba mirando mientras lo hacía. No. No. No.
Estoy delante de él y Oli, antes de que consigan entrar en el instituto, cuando lo veo todo a cámara lenta. Y de repente mi puño da marcha atrás, y no dudo ni un segundo, cuando con todas mis fuerzas le pego un puñetazo en la mandíbula a ese cabrón. Si quiere jugar, jugaremos. Pero esta vez con mis reglas. Y la primera es devolvérsela multiplicada por diez, porque acabo de entenderlo todo.
Lunes 10 de enero de 2011
Estoy en shock. Ni siquiera sé cómo he tenido valor para hacer eso.
—¿¡Estás loco!?
Oli me grita, y eso hace que mi cerebro se congele. ¿Lo pregunta en serio?, pienso.
Fran está levantando a Víctor del suelo cuando Amanda, nuestra tutora, aparece. Primer día de clase y ya la hemos liado. Bueno, la he liado. Y creo que demasiado.
—¿Qué está pasando aquí? —dice Amanda alternando la mirada entre todos los que estamos presentes, pero creo que más entre Víctor y yo.
—Lo siento… Se me ha… Se me ha ido la olla —digo intentando colocarme la mochila otra vez detrás del hombro izquierdo, mientras miro a Oli con el ceño fruncido.
—Yeray, ven conmigo. Oli, lleva a Víctor a la enfermería. Fran, vete a clase.
Miro a Oli que, agachada ayudando a Fran para levantar a Víctor, se pone de pie otra vez y me mira como si acabara de cometer el peor error de mi vida. Creo que también está a punto de mandarme a la mierda. Se me complica caminar cuando cede ante lo que le pide Amanda, y veo que se queda con Víctor. Esto no puede estar pasando…
En mi cabeza, no hay posibilidad viable de que esto sea normal. ¿Por qué estaba entre las piernas de Víctor? Y… Sobre todo y más importante, qué hacía Víctor tocándola en cualquier parte. Vale, puede parecer algo horrible dicho así, pero no puedo evitarlo. Ahora mismo, siento una presión en el pecho que va en aumento cada vez que pienso en que no ha querido dirigirme la palabra estas semanas. Y para rematar el tema, no ha querido ni que me acerque a menos de diez metros de ella.
—Bien… ¿Me lo explicas?
Estoy en el despacho de Valeria, la jefa de estudios de Bachillerato. No tengo ni idea de cómo abordar esta situación, pero supongo que para eso están los profesores. Para intentar… ¿Ayudarnos? Algo así, creo.
—Pues… Bueno… No me llevo muy bien con Víctor.
—Creo que se ha notado. Le has pegado un puñetazo en la cara, Yeray. Tendrás suerte si sus padres no te denuncian.
Me apoyo contra el respaldo de la silla. Es bastante más cómoda que las de clase. El despacho es pequeño, pero el silencio que desprende es demasiado grande. Cierro los ojos y suspiro. En serio, no sé cómo salir de esta.
—Ya… Yo…
—Mira, lo que pase entre vosotros no es cosa mía. Ni de nadie de este centro, espero. Pero venís aquí a estudiar. Si no sabéis arreglar las cosas hablando, y lo único que se te ocurre es hacer eso, vamos a tener un problema… Estáis en la misma clase, así que te recomiendo que te lo pienses dos veces antes de volver a hacer eso. ¿Lo entiendes?
—Claro…
—¿No vas a contármelo?
—Acabo de decirlo… No nos llevamos bien.
—Lo siento, pero voy a tener que expulsarte una semana. Y voy a tener que hacer venir a tu padre. Todavía no tienes dieciocho, y lo que has hecho no está bien. No está bien siquiera aunque fueras mayor de edad. Sé que lo entiendes.
—Lo sé…
—Vete, venga. ¿Seguro que no quieres contármelo? Voy a traer a esos dos aquí cuando terminen en la enfermería.
—No hay nada que contar. No nos tragamos, sin más.
—De acuerdo. Vete a casa. A casa —repite dándole énfasis para que me quede claro—. Porque voy a llamar a tu padre. Que no me entere yo de que no estás ahí, ni de que te acercas a ellos por ahora. Cuando vuelvas dentro de una semana, veremos qué hacemos.
—Vale.
Salgo por la puerta disparado. Tengo que encontrar a Oli. Por dentro estoy deseando volver a pegarle un puñetazo a Víctor. No me importaría, pero ella… Su cara… No. Eso sí que no. Yo no soy lo que ha visto, yo no voy pegando puñetazos a nadie. De hecho, no recuerdo haberle pegado a nadie nunca. Pero ver a Oli molesta conmigo por hacerlo, me ha reventado.
Las vacaciones de Navidad han sido lo más surrealista que he vivido jamás. Para ser exactos, desde que Oli me metió una sublime patada que medio entendí cuando me gritó que me fuera con la rubia esa. Entiendo que se refería a Claudia… Pero no consigo atar cabos por ninguna parte, porque solo se me ocurre que hablara con Víctor. Pero también es algo que dudo profundamente porque en palabras textuales de Oli, lo odia. O lo odiaba… No parece odiarlo. ¿Quién se deja besar el cuello por alguien a quien odia? ¡Joder! Yo no, desde luego.
¿Y por qué iba a irme con Claudia a ninguna parte? ¿Qué coño le hace pensar eso? Es algo que me ha torturado día sí y día también. He intentado hablar con Celia pero evidentemente se niega a darme explicaciones que considera que debe darme Oli, cuando esté preparada… Preparada, ¿para qué? No es justo. No es justo que yo haya estado encerrado, estas semanas, en un bucle eterno, mientras ella no quiere hablar conmigo y se ha acercado a Víctor. A Víctor, joder. Espero que al menos el puñetazo le haya dolido. Tengo que hablar con Oli. Y visto lo visto, tengo que hablar con Claudia, que lleva ignorándome demasiados días como para que no haya tenido nada que ver con esto. ¿Y si a ella le da igual? Tal vez es así, sin más… Quiere pasar página, sin más… Debería hacerlo yo entonces, ¿no? Me mata la idea. Me mata porque algo no cuadra y por ello soy incapaz de aceptarlo.
He bajado las escaleras interiores del instituto. Estoy buscando la enfermería entre profesores y alumnos que todavía entran, a pesar de ser ya pasadas las ocho de la mañana. Sé lo que me ha dicho Valeria, pero con perdón por lo que voy a decir… Me la suda. Y de repente creo que… La veo. Está esperando fuera de la enfermería, apoyada en la pared, mirando el móvil. Estoy en mitad del pasillo y me siento incapaz de seguir andando, de acercarme. La miro desde la lejanía y trago la poca saliva que mi cuerpo es capaz de generar. Aprieto la mandíbula para armarme de valor, el poco que me puede quedar después de dormir una media de cuatro horas los últimos días. Pienso en este primer día, que al final se ha convertido en una mierda, en una puta pesadilla. Además, por mi culpa. Y parece que no va a mejorar.
—Oli…
Aún estoy a unos metros de distancia cuando consigo pronunciar su nombre, lo suficientemente alto para que me escuche y mire a su izquierda. No lo hace con buena cara precisamente.
—Ni te acerques —dice volviendo a mirar su móvil.
Eso ha provocado que un hacha invisible se clave en mi pecho, haciéndome parar en seco, a pocos centímetros de ella. Pero sigo mirándola, esperando que se apiade un poco de mí. Porque parece que no sea consciente de que no me ha dirigido la palabra en semanas. Creo que, al menos, merezco eso.
—Solo te pido un minuto… —Cuando lo digo, me mira de nuevo con esa cara, llena de rabia, que soy incapaz de reconocer y me duele—. Por favor…
—Ahora no. Lo que has hecho… —dice cerrando los ojos y negando con la cabeza—. Vete.
—Me parece poco, Oli.
—Poco… —Se ríe por lo bajo y me destroza de nuevo—. Que te vayas.
—En serio, solo…
—¡Que te pires, joder!
Desisto porque Valeria ha dejado claro que no viniera hasta aquí. Desisto porque no quiero que Oli me grite. Desisto porque no quiero crear una montaña ahora mismo. Desisto porque tiene razón, en el fondo la tiene. El puñetazo sobraba, vale. Desisto… Porque me revienta verla y no reconocerla.
Paso por delante de ella sin mirarla, pero tropezando de lleno con ese olor tan característico, ese olor de su pelo. Ese en el que quedarme dormido era de las pocas cosas que agradecía cuando empecé otra vez Bachillerato, después de la catástrofe del curso pasado. Y se ha roto. No sé en qué momento, en qué punto… Claudia… Ese jueves… Ese puto dieciséis de diciembre…
Mierda.
Decido irme a casa, que es donde realmente debería estar. Me guste o no. A pesar de que Valeria ha dicho que llamaría a mi padre, sé que hoy no irá al instituto, ni tendrá tiempo que dedicarle al teléfono por el curro. Pero irá mañana, y de esa no me escapo. Que no lo vayamos a hablar hoy en casa, no significa que no vaya a ocurrir. Así que, en mi cabeza, solo busco la forma de sortear esa conversación, o no dar demasiados detalles. Supongo que con decirle que no nos llevamos bien, valdrá. Sabe que estoy destrozado por Oli. Sabe que con ese subnormal, a la mínima podría saltar porque, en alguna ocasión, sí he aprovechado para decirle que es un imbécil con el cerebro de un mosquito. Apenas le da para chupar la sangre de los de su alrededor. No lo conoce, pero sé que me creerá, y sé que tengo razón. Yo tampoco entiendo que tenga la misma sangre que Claudia. Tampoco es que ella le de mil vueltas como persona pero, desde luego, no es ni por asomo como él. Supongo que queréis entender qué pasó. Llegados a este punto, me doy cuenta de que Oli tiene una visión distorsionada de lo mío con ella. Pero ya llegaremos a eso.
Cuando salgo del instituto y me invade la luz exterior, camino sin rumbo. Porque, aunque voy a ir a casa, necesito que el aire me llene un poco los pulmones, y así recuperar todo lo que se me ha ido al verla. No puedo evitar intentar desaparecer, con mi nuevo IPod en el bolsillo, los auriculares puestos, y Down de Blink-182 resonando en mi cabeza. Intentando evadirme un poco de tanta mierda.
Tidal waves they
Rip right through me
Tears from eyes worn
Cold and sad
Pick me up now
I need you so bad
· · · · ·
Después de pegarme una buena ducha, necesaria aunque ya me había duchado antes de ir al instituto, me tumbo en la cama. No dejo de preguntarme cuántas probabilidades había de que Oli me volviera loco, de la forma en que lo hizo, cuando la conocí en septiembre. Veo las estrellas en el techo, y recuerdo su mirada cuando se dio cuenta de que las había puesto. Y su beso… Y sus dedos sobre mí… No voy a llorar. No soy de esos. No me malinterpretéis, no pienso que los tíos no puedan llorar y todas esas mierdas. Es solo que… No pienso hacerlo, me lo debo. Cada uno tiene sus demonios bajo la cama y los míos me han enseñado que, si no he hecho nada malo, no merezco sacar ni una lágrima. O al menos intentarlo… Porque… Joder. Vale, solo una. Una lagrimilla de nada, eso me lo permito. Pero ya está, nada más.
La cuestión es que, la aparición de Oli en mi vida, fue como un huracán atravesando un campo vacío. Porque empecé el curso pensando que había grandes posibilidades de acabar como el anterior, mal. Grandes posibilidades de acabar estancado de nuevo.
Pero claro, cuando la vi en clase de educación física el primer día, tenía esa cara de tener pocos amigos… Y a mí me salió del alma sonreír. Y cuando la vi en tutoría, delante de mí otra vez… Joder. Sentí como se enredaba entre nosotros un silencio… Inmenso. Junto a la desaparición de todo lo que había a nuestro alrededor. No puedo describirlo de otra forma. Y chocar con ella… Admito que por dentro me reí, aunque no me gustó que estuviera a punto de cagarse en mi vida y en la de todos mis ancestros. Pero estaba tan graciosa cuando no supo qué responder, cuando se fue sin mirar atrás… Hay demasiadas cosas en mi cabeza que me hacen ver lo fácil que fue saber que me gustaba, que quería conocerla, que quería acercarme a su vida. Y miradme ahora, parezco un vagabundo tirado en la cama, mirando unas falsas estrellas, imaginando que es su cuarto. Al que no puedo entrar. Al que empiezo a tener dudas de poder volver. No sé si me va a perdonar, aunque no sepa el qué. Tal vez el hecho de no contarle ciertas cosas. No sé si podrá entenderlo. Pero también hay demasiadas cosas que, ahora mismo, yo tampoco entiendo.
¡Quiero comprarlo!