Domingo, 20 de febrero de 2011
Estoy como un flan. Camino como un zombi hacia casa sin saber muy bien qué tengo que hacer ahora. Arrastro la maleta como si acabara de bajarme de un avión tras un profundo mareo. Evidentemente, no hablar con Carlos de lo que pasó es la última opción de todas. Tengo que hacerlo. Pero ahora mismo lo que necesito es llegar a casa, tumbarme en la cama y sentir el agua caliente de mi ducha.
Besar a Fran el viernes no fue algo meditado. Claro que no. Si alguien cree eso, no me conoce en absoluto. Recuerdo demasiado bien lo que pasó a pesar de esos cubatas que me bebí, saltándome todas las normas habidas y por haber del instituto, a pesar de que no estábamos en él.
· · · · ·
—No lo entiendo, ¿qué te cuesta? —le digo a Carlos por teléfono.
—No te enfades, es solo que ellos también llevan tiempo diciéndolo, como hacíamos antes, los tres solos. Y queríamos aprovechar que estáis en la esquiada…
—Joder, Carlos… Hace casi un mes que me dijiste que sí…
—Lo sé… Va, no te enfades, te prometo que te compensaré, ¿vale?
—No me sirve… De verdad que no.
—Oye, diviértete, y el lunes nos vemos, ¿sí?
—Vale…
Tras colgar, vuelvo hacia el comedor donde todos están comiéndose la cena, pero decido irme a la habitación para airearme un poco más porque no tengo ganas de que nadie me hable.
—¿Qué tal ha…? —Yeray empieza a hablar pero dado que me niego completamente a hablar de Carlos, decido frenar ese comienzo.
—Déjalo —respondo pasándolos de largo para subir los escalones.
No escucho que digan nada más, pero tampoco tengo ganas de saber si querían decir algo realmente.
Después de hablar con Oli, mi mejor amiga, y que me tranquilice, estamos todos listos para bajar a la fiesta. Hemos bebido un poco, y Oli y Yeray ya han disfrutado de unos minutos en el baño. Esta esquiada organizada por el instituto pinta bien a pesar del mal humor que está empezando a crecer en mí.
Cuando bajamos, la fiesta es sorprendentemente llamativa. La gente se lo está pasando bien y parecen habérselo currado bastante para ser del instituto. Seguro que el albergue ha tenido mucho más que ver que nuestros profesores, eso está claro… Oli y Yeray se van para servirse algún refresco cuando yo me doy cuenta de que no me apetece estar allí, así que me voy al baño a dejar de pensar, y supongo que a intentar animarme a mí misma creyendo que puedo conseguir olvidar que Carlos, mi novio, me parece un gilipollas a veces. Y de paso, a lavarme un poco la cara.
Entro pegando un portazo y veo a Fran, amigo del subnormal de Víctor, salir de uno de los baños individuales.
—Joder, no sabía que tenías tanta fuerza.
—Qué gracioso —respondo dejando el móvil sobre la encimera.
—¿Estás bien? —me pregunta con el ceño fruncido y torciendo la cabeza.
—¿Te importa mucho? —le pregunto negando con la cabeza, claramente para indicarle que me deje tranquila, mientras lo miro en el reflejo del espejo.
Él se acerca hasta mí, se apoya en la encimera mientras me mira desde mi derecha, y yo me quedo mirándolo a la espera de que se vaya o diga algo para volver a responderle mal.
—No es que me importe del todo, pero… tengo curiosidad —me responde con una sonrisa.
No digo nada, solo lo miro y trago saliva. Se me acumulan los pensamientos, las ideas, los enfados… Se me acumula todo.
—Mi novio es un subnormal. Y el caso que me hace es el mismo que el que puedo hacerle yo a cualquier puta piedra de esta montaña.
—Eh… —dice apartando un pequeño mechón de pelo de mi cara—. Eres muy guapa, no dejes que nadie te haga poner esa cara de estúpida. O harás creer a cualquiera que comes humanos.
Eso me hace reír y me muerdo el labio inferior cuando me doy cuenta de que este tío no debería estar haciéndome ningún tipo de gracia. Y menos si es amigo de Víctor, que intentó y casi consigue cargarse la relación de mi mejor amiga Oli, y su novio Yeray. Pero cuando se queda quieto y yo me siento cómoda mirándolo fijamente sin que nos digamos nada, como si el tiempo en ese momento se hubiera detenido y no nos importara lo más mínimo… trago saliva de nuevo y pierdo el control. No sé por qué. No sé si es el enfado, la decepción, la rabia, el alcohol o las ganas de sentirme querida. Pero pierdo el control: agarro a Fran de la camiseta y lo acerco a mí para besarlo. Al principio parece sorprendido y sus ojos abiertos como platos lo dejan muy claro. Pero no tarda en abrazarme por la cintura mientras yo acompaño ese jodido beso con mis manos hasta su cuello, fundiéndolas en su pelo. Me arrastra hacia uno de los cubículos, que cierra tras de sí mientras sigue besándome. Yo me dejo, le sigo el compás sin pensar, dejando que acaricie mis labios con su pulgar y me mire a los ojos, dejando claro que tampoco entiende qué es lo que está pasando. Nada en el mundo podría hacer que yo, Celia, y Fran pudieran estar besándose. Nada podría explicarme qué se me ha pasado por la cabeza para hacerlo. Juro solemnemente que, cuando nos estábamos mirando… ha habido algo que ha entrado en mi pecho para instalarse y no marcharse. Y cuando me aparta un poco la cara, me mira fijamente, y pronuncia mi nombre, siento que la nube en la que estoy me atrapa entre el dulce sonido de su voz y el sabor de sus labios.
Y sigue ocurriendo hasta que, de repente, Oli aparece.
· · · · ·
He llegado a casa con los pies cansados, casi deseando meterme en la cama cuanto antes. Le mando un SMS a Carlos para decirle que estoy metiéndome en ella y que nos vemos mañana cuando salga del instituto. Tengo que contárselo. Tengo que hacerlo y me da un miedo atroz porque no quiero que termine aquello tan bonito que hemos construido.
Soy estúpida, lo sé. No merezco que me perdone, lo sé… Pero no puedo evitar intentarlo. No puedo evitarlo porque me arrepiento como nunca de lo que hice. Me arrepiento con todas mis fuerzas y solo deseo que él lo entienda. Que me entienda. O que por lo menos lo intente.
—Celia, cariño, ¿quieres cenar algo? —me pregunta mi madre entrando en mi cuarto.
—No, mamá, la verdad es que no. Vengo super cansada, así que creo que llamaré un rato a Oli y me meteré en la cama.
—Está bien, ¿has dejado ya toda la ropa en la cesta?
—Sí. Mañana pongo la lavadora, no lo hagas, ¿vale?
—Bueno, descansa. ¿Seguro que estás bien? —me pregunta acercándose con el ceño fruncido y una pequeña sonrisa.
—Que sí, no te preocupes, de verdad —le respondo yo, acercándome para darle un beso en la mejilla.
Cuando mi madre se ha ido del cuarto, cojo el teléfono de casa que ya me he llevado a la habitación y marco el número de la casa de Oli. Pocos segundos pasan cuando responden al otro lado.
—¿Diga?
—¡Hola! Soy Celia, ¿está Oli ya en casa?
—¡Hola, Celia! Sí, ha llegado hace un rato, está en su cuarto, ahora te la paso. ¿Todo bien? Me ha dicho que lo pasasteis genial.
—Sí, fue muy divertido… —respondo yo intentando evitar el llanto.
Los segundos en que espero que Oli se ponga al teléfono se me hacen eternos. Me tumbo en la cama y me tapo con las sábanas, con un pequeño dolor en el pecho instalado en lo más profundo de mí.
—¡Hola! —dice de repente mi amiga al otro lado del teléfono.
—Qué susto, ¿te vas a dormir?
—En un rato, pero no todavía. ¿Cómo estás?
—Bien… En la cama.
—¿Quieres hablarlo?
—Suficiente me he torturado ya, supongo…
—Todo irá bien, ya lo verás…
—No lo tengo tan claro… —le respondo secándome la pequeña lágrima que empieza a arrastrarse por mi mejilla.
—Ya lo verás… Yo estaré contigo, ya lo sabes.
—Estoy acojonada… Nunca pensé que haría algo así… Dios.
—Todos hacemos el tonto… Mírame a mí…
—No es lo mismo, Oli… Y lo sabes.
—Tía, dejé a Yeray y me lie con Víctor. No me jodas…
—También es verdad…
—¿Ves? —dice con una pequeña risa—. Verás que lo entiende. Estoy segura de que lo arreglaréis, ¿vale? Carlos te quiere, y yo sé que tú lo quieres a él también. —Se queda callada unos segundos larguísimos en los que yo no respondo nada y espero a que ella siga—. Va, vete a dormir, ¿sí? Mañana te paso a buscar por la puerta.
—Qué vergüenza tener que ver a Fran…
—No te preocupes, anda. Ya viste que él no quiere problemas.
—No sé si voy a ir…
—Ven a clase… Te aseguro que no te hará bien quedarte ahí.
—Lo intentaré.
—Te quiero mucho, Celi.
—Y yo a ti, Oli.
El resumen de mi vida ahora mismo es que le he puesto los cuernos a mi novio durante la esquiada organizada por el instituto, porque soy una paranoica y llevo semanas creyendo que a Carlos, mi novio, le pasa algo conmigo. Lo peor es que Fran, el tío con el que me morreé intensamente y con el que nunca había cruzado más que un par de palabras, es, o parece ser, un buen amigo de Víctor: el que provocó a Oli sin parar hasta que consiguió que creyera que Yeray, su novio, le ponía los cuernos con su hermana Claudia, y así poder tener algo con ella. Cosa que consiguió. Y sí, Claudia, hermana de Víctor, y Yeray tuvieron algo, pero mucho antes de conocer a Oli. Un lío de la hostia que hizo que se pegaran en un par de ocasiones. Viendo que los dos son capaces de mandarse al hospital, aunque solo Yeray acabó en él, han decidido enterrar el hacha de guerra, al menos eso parece. Porque durante la esquiada casi se encaran otra vez… Aunque, por suerte, la cosa no fue mucho más lejos que intercambiar un par de frases.
Ahora estoy en casa, amargada y cansada del viaje de vuelta, preguntándome cómo solucionar todo esto y cómo voy a mirar a Carlos a la cara para contárselo. O a sus amigos de toda la vida, Raúl y Lucía, que también forman parte de nuestro grupo y, evidentemente, se acabarán enterando de lo que he hecho… Joder. Todo esto es una mierda y no sé cómo solucionarlo.
¡Quiero comprarlo!