—¡En serio! No tiene sentido, ¿cuál es la maldita llave?
—Ya no sé cómo decíroslo, Marta. Nunca dije que fuera un objeto… —dice Gloria desde el otro lado de la puerta.
—¿Cómo que no? —Me giro para mirar a Óscar en un intento fracasado de asesinarlo con la mirada cuando veo que se ríe—. ¿Y a ti qué te hace tanta gracia? Podrías ayudar, ¿no?
—Yo ya sé la respuesta, sé cuál es la llave. Pero me gusta verte sufrir.
—¿Estás de broma? Pues venga, sácala.
—No hay nada que sacar, guapa —responde con esa maldita sonrisa que solo me saca de quicio.
—Ya no sé cómo decíroslo, Marta. Nunca dije que fuera un objeto… —dice Gloria desde el otro lado de la puerta.
—¿Cómo que no? —Me giro para mirar a Óscar en un intento fracasado de asesinarlo con la mirada cuando veo que se ríe—. ¿Y a ti qué te hace tanta gracia? Podrías ayudar, ¿no?
—Yo ya sé la respuesta, sé cuál es la llave. Pero me gusta verte sufrir.
—¿Estás de broma? Pues venga, sácala.
—No hay nada que sacar, guapa —responde con esa maldita sonrisa que solo me saca de quicio.
Vale. Paremos. Mejor paremos… Porque ahora mismo debes estar preguntándote qué es esto, de qué llave estoy hablando, de qué llave están hablando, dónde estoy, por qué… ¿Quién es Óscar? ¿Quién es Gloria? ¿Quién soy yo? Suena demasiado filosófico… En fin, creo que me he equivocado porque esto no es el comienzo de todo lo que ocurrió ese día.
Para que entiendas de qué llave estoy hablando y por qué, debería ir un poquito hacia atrás en el tiempo. A la semana anterior, para ser exactos. Ahí sí empezó realmente mi calvario…
Mi nombre es Marta, tengo diecisiete años y, según dicen, soy guapa. Tengo el pelo castaño, y algunas veces se empeña en ondularse, aunque otras se queda liso, como si tampoco supiera qué quiere ser… Es algo rebelde. Mis ojos son de un marrón normal, aunque mi madre insiste en que se oscurecen cuando estoy seria —y creo que tiene razón—. No soy muy alta, pero tampoco baja, y me gusta pensar que mi forma de ser compensa cualquier centímetro que falte, sinceramente. No siempre me reconozco en el espejo: a veces me veo demasiado niña y otras demasiado mayor… Y me da rabia, como a cualquier adolescente. Soy estudiante de segundo de bachillerato. Ya estamos llegando al final del curso; en realidad, estamos en pleno febrero, y en breves me tocará prepararme y decidirme para escoger centro en el que estudiar educación infantil, aunque le duela a mi padre, que creía que preferiría seguir sus pasos para ser profesora de instituto. Ni de coña. Los niños me encantan, pero a los adolescentes, aunque yo lo sea, los aborrezco.
Mi madre está encantada. Dice que mientras sea algo que me gusta, me apoyará y bla, bla, bla.
La cuestión es que durante estos dos años de bachillerato me he centrado tanto en los estudios que he olvidado un poco mi vida social. No del todo, porque mis amigas Tania y Carlota están aquí, a mi ladito, como yo del de ellas, claro. Y con Carlota voy, por suerte, a la misma clase. Pero digamos que mi grupo fuera del instituto, de cuando estuve haciendo hípica durante los últimos tres años, ya ha desaparecido de mi vida. Por completo. Casi parece que soy una apestada por haberlo dejado. Pero, entendedme, bachillerato no es tan fácil como lo pintan, y no puedo seguir yendo cada fin de semana a las clases mientras nos avasallan a deberes, trabajos y exámenes… Supongo que eso debe ser así y ya está.
En fin. De todas maneras, era gente bastante repelente. Creo que me detestaban un poco al ser de ciudad, también debo decir. ¿Por qué? Pues no lo sé, pero no tengo ninguna duda. Porque tardaron muy poco en empezar a hacer planes sin mí. Y no solo sin molestarse en preguntarme si quizás podría —aunque les fuera a decir que no— quedar con ellos, es que además lo suben a Instagram como el que no quiere la cosa, como si les importara una mierda que lo viera.
Bueno, hoy es miércoles y estoy en el sofá de casa tirada. No me apetece hacer nada además de estar aquí con mi bol de palomitas, mi móvil, y la tele puesta aunque no esté viendo absolutamente nada de lo que están haciendo.
El salón de casa siempre parece recién estrenado. Todo está colocado con mucho mimo, como si cada objeto hubiera encontrado el lugar exacto al que pertenece, aunque en realidad es mi madre quien se encargó de la decoración. El sofá en el que estoy tumbada es amplio y de un color crema muy claro. Delante de él hay una mesa baja con un par de revistas y el periódico de esta mañana, nada más. La televisión cuelga de la pared, sin cables a la vista, y a su lado hay una estantería que guarda algunos libros y fotos familiares.
La mesa del comedor es de madera clara y alargada, con sillas a juego que parecen pensadas para encajar como piezas de un puzle. Pero eso es solo porque el conjunto sacaron de un pack de Ikea. Sobre ella, siempre hay un jarrón con flores frescas, que cambia según la estación y que le da un aire distinto cada semana. Idea de mi padre, que le encantan. Las paredes son lisas y blancas, haciendo que se refleje la luz que entra por los ventanales y que el espacio se vea amplio. No sobra nada, pero tampoco falta: es de esos lugares en los que apetece quedarse, aunque no haya nada que hacer.
Son las seis y media de la tarde, ya he hecho todos los deberes, y he avanzado con ese trabajo de Historia que el profesor nos ha pedido.
Entro en WhatsApp para enviar un mensaje al grupo que tengo con Tania y Carlota y preguntarles si tienen planes para el fin de semana. Pongo el móvil sobre la mesa y voy tarareando una canción hasta la cocina, donde dejo el bol de palomitas con lo que sobra en el fregadero y abro la nevera para echarme un vaso de agua antes de que la boca se me convierta en una pasa con vida propia.
—¿Todo hecho? —pregunta mi padre al entrar en la cocina justo cuando acabo de dejar el vaso sobre la encimera.
—Sí, todo hecho —respondo sonriendo y acercándome a él para darle un beso en la mejilla.
Mi padre siempre dice que tengo sus mismos gestos cuando me enfado, y me temo que tiene razón. Es alto, delgado, con el cabello cada vez con más canas, aunque insiste en que aún no es suficiente para rendirse a la peluquería. O mejor, como mi madre es peluquera, que ella lo tiña de vez en cuando. Tiene ese aire serio que impone cuando habla —creo que sí, esto deja claro que me parezco bastante a él—, pero en casa es el primero en hacer bromas, de las malas. Y puede que de él heredara lo de querer tener siempre la última palabra. No es el típico profesor que alguien esperaría encontrar en su aula cuando toca Historia, la verdad.
—Bien —me dice poniendo su palma abierta para que se la choque, algo que no dudo en hacer cuando se planta frente a mí.
Vuelvo en dirección a mi cuarto para tumbarme un rato en la cama en lo que espero que mis amigas respondan y paso por delante del cuarto de mi hermana Sofía. Apenas tiene catorce años y se lo recuerda a todo el mundo como si fuera un puñetero logro o algo así. Es más alta de lo que yo era a su edad y tiene ese descaro que a mí me habría gustado tener, la verdad. Su pelo es más claro que el mío, tirando a avellana, digamos, y sus ojos brillan como si todo lo que ocurre a su alrededor fuera emocionante. Me irrita a veces, porque nunca se calla, pero en el fondo la envidio un poco también… parece que nada le da miedo. Es demasiado descarada para la edad que tiene.
Entro en mi cuarto y cierro tras de mí. Parece más ordenado de lo que realmente está. A primera vista, cualquiera diría que soy organizada: la cama está hecha, los cojines permanecen en su sitio, los libros están —creo que casi todos— bien alineados en la estantería. Pero si alguien se atreve a abrir el cajón del escritorio… puede descubrir un caos de bolígrafos sin tapa, apuntes arrugados y chicles que escondo para que no me los robe mi hermana.
Las paredes de mi cuarto son blancas, aunque casi no se ven con todos los pósteres que he ido pegando: un par de mis cantantes favoritas de ahora mismo —que son Katy Perry y Dua Lipa—, una foto en blanco y negro de Nueva York —que tengo por puro postureo, no os voy a mentir— y un calendario de bosques encantados que no he actualizado en lo poco que llevamos de año. Vamos, que sigue en enero aunque estemos en febrero… El escritorio ocupa un rincón junto a la ventana; no es demasiado grande porque no necesito mucho espacio, con mi portátil abierto y los auriculares enredados encima. Debo decir que estoy deseando comprarme los AirPods, a ver si apruebo con sobresalientes y me los regalan mis padres. En la mesa también hay una lámpara flexible de Ikea que apenas uso porque prefiero estudiar con la luz natural que entra por la ventana. Así cuando ya no la hay, ¡sé que es el momento de parar!
El armario está cerrado, por suerte. No porque esté desordenado, que lo está, sino porque me niego a enfrentarme a esa batalla cada vez que necesito algo. Aun así, tengo siempre a mano las zapatillas que más uso, colocadas justo al lado de la cama. Y en cuanto a la ropa, mi favorita la dejo lo más cerca posible de mis manos, para no rebuscar demasiado.
Sobre la mesita de noche, además del cargador del móvil siempre enchufado, hay un libro que llevo unos días intentando terminar y un marco con una foto de lo más importante hasta el momento: Tania, Carlota y yo. Esa foto me hace sentir que, pase lo que pase, siempre tengo un lugar al que volver: con mis amigas.
En definitiva, mi cuarto es como yo… parece que lo tengo todo bajo control, pero en el fondo solo intento mantener el caos… o lo intento.
Cuando llevo un rato tumbada en la cama mirando Instagram y TikTok mientras cargo el móvil, veo que entra una videollamada en el grupo con Tania y Carlota. La cojo casi al instante con una sonrisa y veo que es Tania la que ha llamado.
Ella es la amiga que siempre parece lista para salir en una foto de revista. Morena, con los ojos verdes más llamativos que he visto nunca, y una sonrisa que consigue que todo el mundo se fije en ella. Es directa, dice lo que piensa sin darle mil vueltas, y creo que por eso me cae tan bien: con ella no hay caretas y eso la convierte un poco en la persona a la que acudir si queremos consejo, porque nunca te va a mentir, aunque te joda lo que vaya a decir.
A los pocos segundos, entra Carlota en la llamada. Es realmente diferente a Tania; rubia, con un pelo largo que parece sacado de un anuncio de champú, y unos rasgos delicados que contrastan con lo intensa que puede llegar a ser. Tiene una forma de mirar que hace que parezca que sabe más de lo que dice, como si fuera bruja o algo así. Y a veces es tranquila… pero otras un torbellino.
Con ella y con Tania siento que nada me puede derribar. Es lo único que necesito en mi vida para seguir sobreviviendo al último curso de instituto.
—Chicas, a mí me gustaría ir al centro comercial —dice Carlota poniendo morritos mientras se mira en la cámara que la enfoca—. Creo… que va a ir Manu con sus amigos.
—Qué pesadita estás con él, ¿no es más fácil si quedáis solitos y así no nos metes en tus fregados? —pregunta Tania con su habitual tono acusador, como si quisiera dejarle claro que nos quiere utilizar para encontrárselo y así ignorarnos.
—Te juro que no me separo de vosotras, solo quiero mojar braga un poquito al verlo…
—Sería más fácil si fueras a verlo entrenar —añado yo con una pequeña sonrisa mientras me peino el pelo con las manos, mirándome también en la cámara.
Y es que Manu es de otra clase, pero de nuestro curso, y juega baloncesto en el mismo instituto. De hecho, muchas veces se juntan grupitos para ir a verlos jugar. Lo que a nosotras suele darnos un poco de pereza.
—Qué vergüenza… ¿y qué le digo?
—Que vas a verlo porque te pone cachonda y quieres empotrártelo —dice Tania levantándose de su cama.
—Eres una cerda…
—Y tú acabarás en un convento si sigues así.
Carlota se encoge de hombros y yo me río mientras las escucho.
—A mí me parece bien, me gustaría comprarme unas zapatillas nuevas, las que tengo están un poco… para tirar, básicamente —digo levantando los pies para verlas recordando que tienen al menos seis años y hasta empiezan a irme un poco pequeñas.
—Genial, pues mañana lo hablamos bien, pero sería para el sábado, ¿no?
—Claro —responde Tania—. ¿Habéis terminado el resumen de Historia? Madre mía con el señor Hitler. No sé si hubiera preferido que siguiera con vida, rollo inmortal, para que no nos echaran toda su historia de mierda encima.
—Qué exagerada. No es tan largo —respondo yo.
—A ti porque te gusta estudiar, empollona… Y tienes a tu padre, que te puede ayudar.
—No, se niega a hacerlo —respondo haciendo una mueca.
—Bueno, pues nos vemos mañana, reinas.
—Un beso, amores —añade Carlota lanzando un beso y colgando.
—Adiós —digo yo acercándome a la cámara para besarla antes de colgar.
Bueno, pues estas son mis mejores y únicas amigas desde lo de hípica. De vez en cuando entro en las cuentas de Instagram de aquellos que conocía allí para ver si me nace el preguntarles qué tal les va. Pero se me pasa cuando veo lo felices que son en sus quedadas…
Aun así, no está de más decir que yo también cuelgo cientos de cosas con Tania y Carlota para que quede claro que no me pierdo nada de ellos, aunque a veces sienta un poquito de envidia porque echo un poquito de menos montar a caballo. En fin.
Pasadas un par de horas, mi madre ya está en casa y mi padre prepara la cena. Seguro que están rezando para que Sofía y yo no nos tiremos de los pelos en la mesa, pero no prometo nada.
Escucho a mi madre llamarnos y me acerco rápido a la cocina, sabiendo que me toca poner la mesa: cada día la ponemos Sofía o yo, nos vamos turnando. Aunque a veces me toca pelear porque se hace la listilla queriendo saltarse los días que le toca.
Mi madre está apoyada en la encimera mientras prepara una publicación en la cuenta de Instagram de la peluquería que tiene con su hermana, mi tía —obviamente—. Mi madre es guapísima; de ella heredé el pelo. El suyo también es castaño, aunque ella lo lleva corto, supongo que es más práctico. Tiene una sonrisa cálida que le ilumina la cara y hace que cualquiera confíe en ella al instante. No sé cómo lo consigue, pero siempre parece tener la respuesta a todo, aunque yo a veces prefiera no escucharla mucho. Me gusta pensar que, si yo me esfuerzo, puedo parecerme un poco a ella, aunque sea en esa seguridad que transmite. Además, todo ese cariño que sale de cada poro de su piel se lo devuelven multiplicado por mil. Será por eso por lo que su negocio va de perlas; y obviamente es al que vamos no solo mi hermana y yo, sino también Tania y Carlota, y sus conocidos y familiares.
—Qué bien huele —dice Sofía entrando en la cocina y sentándose con una sonrisa burlona hacia mí.
Yo arrugo la nariz al verla, dejándole claro que sigo teniéndole la misma tirria que el día anterior.
—Hoy cenamos pollo a la plancha con bechamel. ¿Te parece bien? —le pregunta mi padre.
Ella frunce el ceño mientras arruga la nariz en desaprobación, y yo sonrío satisfecha al saber lo mucho que odia la bechamel. A mí, en cambio, me encanta. Es que incluso en las cosas más simples somos extremadamente diferentes.
—No pongas esa cara, no te vas a librar —le dice mi madre, señalándola con la espátula que ya tiene en la mano para coger trozos de pollo con la salsa y servir cada plato en la mesa.
—¿Hay pan? —pregunto levantándome.
—En el armario, he olvidado sacarlo —me responde mi padre mientras se sienta.
Saco el pan de molde y coloco algunas rebanadas en un bol para dejarlo en la mesa y devolver la bolsa con el resto en el armario mientras mi madre está sirviendo.
Vuelvo a sentarme y Sofía se encoge de hombros.
—Ya os vale, podríais hacerlo el sábado por la noche cuando no estoy.
—¿No estás de qué? —le pregunto levantando una ceja.
—Me voy a casa de Sandra, noche de chicas con Emma y Laura —responde satisfecha con su sonrisa de mierda.
—Pásalo bien y no te atragantes con una oliva o con el zumo de piña.
Se levanta un poco para intentar tirarme del pelo, aun sabiendo que no va a llegar porque me siento delante de ella y la mesa es bastante ancha.
—¿Qué pasa? ¿No te has vacunado de la rabia todavía o qué? —la insulto negando con la cabeza.
—Eres una subnormal —lanza ella sin miedo a broncas.
—Chicas, tengamos la fiesta en paz, ¿sí? —nos pide nuestra madre resoplando cuando termina de servir los platos.
—Eso, cómete el pollito, guapa —le digo con una sonrisa y viendo cómo le toca sentarse a regañadientes.
—Ha empezado ella —dice entonces empezando a cortar el pollo para terminárselo cuanto antes y poder levantarse para comerse algún yogur que le quite el sabor que tanto asco le da.
—Marta, ¿has estado ya mirando centros? —pregunta mi padre entonces.
—Sí. Pero no conozco ninguno, así que ninguno me llama la atención… Creo que una chica de mi clase quiere estudiar lo mismo… Así que quizás le pregunto si ella sabe de alguno. Al menos así… no sé, quizás podría ir con alguien conocido.
—Bueno, pero no te centres en los sitios a los que vayan a ir otros porque los conozcas —interviene mi madre.
—Ya lo sé. Pero llevo toda la vida con mis amigas y… me da cosa.
—Oh, pobrecita, se va a quedar sola —dice mi hermana poniendo morritos a modo de burla.
Yo la miro sin responder, porque no voy a dejar que me saque de quicio con este tema.
—Por el momento solo he visto un par que me llaman, pero también quiero preguntarle a Marina, nuestra tutora. Nos dijo que si teníamos dudas podía orientarnos.
—Genial, pues no lo dejes pasar, que luego se te echa el tiempo encima y el bachillerato no termina en junio como la secundaria, ¿eh? —dice mi madre sonriéndome—. ¿Estás nerviosa por terminar?
—No creas. Supongo que solo es un cambio de ciclo, aires, o como lo quieras llamar…
En el fondo, estoy acojonada solo de imaginarme separándome de mis amigas. Tania quiere estudiar medicina y por ello está haciendo el bachillerato científico, motivo por el que va a otra clase. Y Carlota quiere estudiar psicología, por lo que sí está en la misma clase que yo, en humanidades.
Como algo más lenta de lo habitual al no poder dejar de pensar en ello. Y será una estupidez para muchos, pero a mí se me hace muy difícil congeniar con la gente. Lo que hace que se me forme un pequeño nudo en el estómago cuando me toca pensar en centros nuevos para estudiar y demás…
Después de recoger toda la mesa, porque quien la pone también la recoge, voy a mi cuarto y cojo un pequeño altavoz que tengo para cuando me voy a duchar. Conecto el móvil por Bluetooth mientras me dirijo al baño con el pijama entre las manos y busco alguna lista de Spotify que me interese. No estaría mal escuchar algún Podcast… Pero conociéndome, me voy a desconcentrar pensando en mis cosas. Así que decido poner el modo aleatorio de una lista que sigo con más de quinientas canciones que se van actualizando a medida que aparecen nuevas y brillantes melodías en ella.
Me ducho con calma, sin mucha prisa, recordando que mañana, en Empresas, me toca compartir la mesa con un gilipollas de clase con el que me han puesto para un trabajo. Eso de que ya no nos dejen escoger con quienes hacerlos para así reforzar el trabajo en equipo en situaciones algo más complejas, como tener que comunicarnos y trabajar con gente con la que habitualmente no colaboramos, ni nos dirigimos la palabra, es… una putísima mierda.
Yo entiendo que el profesorado considere que esto nos ayuda a prepararnos para el futuro, para nuestros trabajos, y un largo etcétera. Pero, escuchadme, bastante hasta arriba nos ponen de deberes, trabajos y exámenes como para que encima nos obliguen a hacerlos, a veces, con gente con la que no queremos tener nada que ver.
Total, que mañana a primera hora me espera uno de los momentos más detestables que voy a recordar de todo el curso: compartir parte de una asignatura, o algunas horas del mes para un trabajo, con el estúpido y villano Óscar.
Me da rabia porque es un chaval al que todo el mundo parece adorar y al que yo no soporto… Y para colmo, y aunque me cueste admitirlo, es guapo. Tiene el pelo negro, como si lo hubiera heredado del mismísimo demonio, y unos ojos marrones que parecen querer atravesarlo todo. Su cara tiene esas facciones marcadas que hacen que cualquiera se gire a mirarlo por la calle. Y está bueno, sí, tengo ojos por algo y me hacen saberlo sin esfuerzo. Pero no importa lo atractivo que sea; para mí es solo un imbécil con sonrisa que le sobra porque intenta hacerse el buenecito con todo el mundo… pero a mí no me la cuela.
Es un tío que me pica desde que empezamos primero, como si no tuviera ningún tipo de límite por joder a los demás. Y es algo que no paso por alto y ha hecho que, poco a poco, vaya teniéndole cada vez más tirria y odio. No veo el momento de terminar segundo y no tener que volver a verle la cara.
Cuando salgo del baño y dejo mi ropa en el cesto de la ropa sucia —excepto los pantalones, que solo me los he puesto hoy desde que se lavaron—, apago el altavoz y me voy a mi cuarto para acabar de repasar Instagram mientras termino de cargar un poco el móvil.
Miro la mesita y cojo el libro que me estoy leyendo para avanzar algún que otro capítulo hasta que me dé sueño y dejarme vencer. Pero no sin antes desconectar el teléfono y que mis padres no se vuelvan locos cuando vean que mi móvil ha pasado la noche enchufado; algo que usarían, sin duda, para decir que se me va a estropear si lo sobrecargo, o historias así.