Llego siempre unos minutos antes de la hora, y no lo hago porque nadie me lo haya pedido nunca, sino porque me tranquiliza tener la sensación de que el día todavía no ha empezado del todo cuando entro. El edificio está casi en silencio a esta hora, es ese silencio artificial de los lugares que se preparan para llenarse de voces distintas, de historias que no son propias, de cansancios que alguien va a depositar aquí para poder seguir adelante.
Paso la tarjeta, saludo con la cabeza a la persona de seguridad —nunca nos decimos nada más que un «buenos días» formal, y con eso parece que ya nos entendemos— y avanzo por el pasillo largo que lleva a las salas de «atención personalizada», pensando ya en la agenda, en los nombres que me esperan, en las horas que tengo asignadas y en las que probablemente se alargarán un poco más de lo previsto, como siempre.
Mientras dejo el abrigo en la taquilla, me cambio y me recojo el pelo con una goma que —casi— siempre llevo en la muñeca, repaso mentalmente el orden del día como si fuera una lista de la compra. Es casi como hacerlo por necesidad: si empiezo a pensar en cada persona como algo más que una cita encadenada a otra, no llego al final con la tranquilidad propia de mí misma. Me preparo un café rápido en la sala común donde algunos compañeros ya desayunan con calma —aunque demasiado caliente—, y me quedo de pie bebiéndolo a pequeños sorbos, notando cómo el cuerpo termina de despertarse, aunque mi cabeza lleve horas en marcha. No pienso en cómo estoy; nunca lo hago a primera hora. A estas alturas del día, todavía no es importante tampoco. Bueno, miento, nunca pienso en cómo estoy. Creo que es algo que podría entorpecer en mi trabajo, y hace mucho que he dejado de pensar en mí de ese modo. Lo importante en mi día a día es llevar a cabo mis funciones más preciadas y que, sin duda, sé hacer como nadie: ser reforzadora de primer nivel.
—No sé por dónde empezar hoy, Vera —dice al fin, con la voz rota incluso antes de que el relato empiece a escamparse por el despacho.
Claro, no lo he dicho, mi nombre es Vera. Un nombre bastante común, bastante normal. Aunque mi madre siempre me ha dicho que es un nombre especial. Porque significa «verdad» según ella, aunque yo siempre he encontrado tantas definiciones que he empezado a creer que sencillamente le gustaba.
—No hace falta que lo sepas —le respondo—. Empieza por donde puedas.
Y empieza; siempre empiezan. El dolor, cuando encuentra un espacio donde dejarse caer, no necesita demasiadas indicaciones. Habla de una pérdida que ha tenido hace pocas semanas, de algunas noches sin dormir, de una tristeza que se ha ido volviendo densa con el tiempo, parece que respirarla le costara cada vez un poco más. Yo asiento, intercalo preguntas suaves, reformulo algunas frases para que ella se escuche a sí misma desde otro lugar, otra perspectiva. No interrumpo cuando llora, pero trago saliva sabiendo lo mucho que me afecta el sufrimiento ajeno. No lleno los silencios que necesitan quedarse quietos un rato. Refuerzo… Eso es lo que hago, lo que mejor sé hacer: reforzar, sostener, aguantar, equilibrar. Es mi trabajo, es… mi vida fuera de él también.
—Gracias —me comenta al final de la sesión, con los ojos aún húmedos—. No sé qué haría sin esto.
—Has hecho mucho por ti hoy, Clara —le respondo—. No le quites valor, ¿de acuerdo?
Me da un corto abrazo, a pesar de que es algo que no ocurre nunca. De hecho, puedo decir sin miedo a equivocarme que jamás ha existido un abrazo. Pero Carla es una paciente que lleva viniendo muchos meses, nos vemos prácticamente una vez a la semana. Supongo que, de algún modo, ella ya se siente más parte de este lugar, más parte de una pequeña rutina semanal en la que nos vemos. La correspondo con cuidado, sin alejarme demasiado, pero creo que se nota un poco que esto no es habitual para mí.
Cuando se va, anoto un par de cosas en su ficha dentro de la plataforma de la empresa —más conocida como «HC · Portal profesional»— y me quedo unos segundos mirando la silla vacía antes de levantarme. De alguna forma, siento que siempre necesito un pequeño espacio entre una persona y la siguiente, y no porque me haya afectado especialmente su historia. Es algo así como dejar que el aire vuelva a su sitio antes de volver a respirar hondo, porque intento evitar que las emociones se intercalen, se crucen o afecten. Cuesta, pero últimamente menos. Es como si mi cuerpo hubiera entendido que esto es lo que hay, y no hay nada que hacer para cambiarlo.
—Es que nadie me entiende —murmura—. Y estoy cansado de tener que explicarlo todo…
—¿Qué es lo que más te cuesta ahora mismo? —pregunto, buscando un punto de anclaje para saber por dónde tirar.
—Todo —responde sin dudar—. Absolutamente todo.
Aquí reforzar es… diferente. No hay que amortiguar una caída, sino contener una avalancha. Mantengo la calma, bajo el tono, e intento devolverle parte de la responsabilidad que descarga sobre la mesa sin darse cuenta.
Cuando se levanta para irse, no me mira a los ojos. Pero no importa… no tiene por qué hacerlo. Y es algo a lo que, al menos en Holden Care, estoy acostumbrada cuando pasa. Algunos te dan las gracias, otros, como Carla, te abrazan —a pesar de que, no, nunca me había ocurrido a mí—, y otros simplemente se van sin más, esperando no tener que volver. Aunque estos últimos suelen tener que volver con mayor frecuencia, por culpa de su necesidad imparable por ser escuchados.
—Hola, Daniel. ¿Todo bien? —le pregunto frunciendo el ceño, al ver en su cara una mueca poco habitual en él.
—Día largo, la verdad —responde encogiendo sus hombros con algo de pesadez.
—Como siempre, ¿no? Pero trabajo bien hecho, que es lo que cuenta, ¿verdad? —intento animarlo poniendo mi mano sobre su hombro derecho.
Seguimos caminando, algo más despacio.
—Sí, aunque dudo que alguien llegue a tus resultados, ¿eh? —añade con una amplia sonrisa que intento copiar, pero no me termina de salir.
Cuando miro el reloj, ya voy con cinco minutos de retraso. Suspiro, bebo un trago de agua de la pequeña botella que me acompaña y llamo al siguiente nombre. Quedan horas por delante, y yo estoy aquí. Siempre lo estoy.
—No quiero quitarte mucho tiempo —dice al fin—. Sé que tienes más gente después.
—Este es tu tiempo —le respondo haciendo una mueca antes de transformarla en sonrisa—. Úsalo como mejor necesites, Diana.
Eso parece tranquilizarla lo suficiente como para soltar el aire que llevaba reteniendo desde que ha entrado. Habla de una culpa persistente, de sentirse siempre en deuda con los demás, de no saber cómo decir que no sin sentir que está fallando a alguien. Dice haber intentado pararlo como le expliqué la última vez, pero que le cuesta. Y mientras la escucho, asiento con suavidad, aunque algo en su discurso me resulta incómodamente familiar. Ese intento de freno que termina frustrado… Y, aun así, no me detengo a pensar en ello, no es el momento. Nunca lo es.
—¿Y tú? —me pregunta de repente, con una curiosidad sincera—. ¿Cómo haces para escuchar todo esto cada día?
Lo acompaña de una pequeña risa que siento como un intento de traspasar las barreras de lo profesional. La pregunta me pilla completamente desprevenida, con el bolígrafo suspendido sobre la mesa. Sonrío, porque es lo que corresponde, porque es lo que sé hacer y porque no quiero crear inseguridad en caso de que pudiera notar la verdad escondida tras mi mirada.
—Es mi trabajo —le digo—. Y alguien tiene que hacerlo.
Ella asiente, satisfecha con la respuesta, confirmando algo que parece que ya intuía.
—¿Te encuentras bien? —me pregunta el joven al que atiendo en un momento dado.
—Sí —respondo sin pensarlo apenas—. Continúa.
No miento… o no del todo.
Al despedirla, el despacho vuelve a quedarse solo conmigo y me quedo un instante de pie, sin moverme. Mi rincón está en silencio. Me llevo una mano a la frente, la apoyo allí solo un segundo, lo justo para comprobar que sigo aquí, que el día termina justo ahora y lo he hecho lo mejor que sé.
Recojo mis cosas despacio, porque no tengo ninguna prisa. En el pasillo, las luces ya están más tenues y el eco de las voces se ha apagado casi por completo. Tras cambiarme en las taquillas, llego a la salida y paso la tarjeta, cruzo la puerta y el aire de fuera me recibe como siempre: indiferente. Miro el reloj y veo que son casi las siete de la tarde. Hoy he tenido demasiadas citas. Debería pedir una reducción.
Pienso en la agenda del día siguiente mientras camino, en los nombres que aún intento olvidar y no conocer de memoria, en las historias que todavía no existen y que acabarán depositadas sobre una mesa igual a la de hoy; y en HC · Portal profesional también, donde se medirá su recuperación, como también mi progreso y evaluación laboral. Por eso me preocupo de mantener a Aven bajo control. Desde siempre, desde que tengo uso de razón. Aven advierte de cualquier cambio físico, y eso implica hurgar, a veces, en tus emociones. No lo hace directamente él, no puede, no sabe. Pero uno mismo sí lo hace. Pero hay algo más: la empresa en la que trabajas recibe toda esa información, y es algo normal, aceptado, y firmado por contrato. Así que, para seguir funcionando, tu estado importa.
Camino unas cuantas manzanas antes de darme cuenta de que he salido sin rumbo, siguiendo la inercia de siempre, mi cuerpo, de alguna forma, ya sabe por dónde ir aunque la cabeza esté en otra parte. El ruido de la ciudad me envuelve con facilidad, pero no me molesta. Hay algo reconfortante en perderse entre desconocidos que no esperan nada de mí, que no necesitan que sostenga nada más que mi propio peso mientras camino y, como mucho, evitar chocar con ellos.
En una esquina me detengo a comprar algo para cenar, lo primero que vea, sin pensar demasiado.
La persona que me atiende me sonríe con educación, me desea buenas noches, y durante un segundo siento una gratitud absurda por esa amabilidad mínima, casi automática, que no implica ninguna compensación cuando lo hace. Pago con la tarjeta y sigo caminando al salir para llegar a casa.
Me siento en el sofá sin encender la televisión; no tengo ganas de escuchar otras voces. Miro un punto fijo de la pared mientras repaso mentalmente el día, por costumbre; aunque algunos lo considerarían nostalgia o preocupación. La primera persona, la segunda, las palabras exactas que usé, las que no dije. Siempre hago lo mismo… y es que es una forma de asegurarme de que todo quedó en su sitio, de que he ayudado como sé hacerlo. Es como el repaso mental de un trabajo bien hecho. Es lo que sé hacer… reforzar.
El teléfono vibra, y un mensaje breve aparece, automático, un mail agradeciendo la atención recibida esta mañana. Lo leo, dejo el móvil boca abajo sobre la mesa y no contesto. No hace falta, y no espera respuesta de todas maneras. Es de la plataforma, un reconocimiento mínimo y común al que apenas atiendo ya.
Me tumbo un rato, sin quitarme la ropa, con los ojos cerrados. Pienso en la agenda de mañana, en el orden de las citas, en los nombres que todavía no asocio a un rostro concreto. Muchos dirán que es como ir al psicólogo, eso que parecía funcionar bien antes. Pero no, Holden Care, con franquicias en todo el mundo, encontró la clave: escupes todos tus males ante alguien que ha aprendido a aguantar ese dolor para luego transformarlo en datos. Y el problema viene cuando esos reforzadores no consiguen hacer bien su trabajo, o no lo soportan. Porque no es fácil cargar con el dolor de todo el mundo.
Es curioso, ¿no? Digo eso y a la vez admito que es precisamente lo que mejor sé hacer fuera del trabajo…
Pienso en cómo empezaré el día mañana, en el café demasiado caliente de la máquina, en la tarjeta pasando por el lector y permitiéndome la entrada, en el pasillo largo y silencioso. Todo es perfecto y cuadriculado, todo es previsible, y eso debería tranquilizarme… debería.
Antes de levantarme para ir a la cama, me miro un momento en el espejo del pasillo. La luz es mala, amarillenta, está desgastada —debería reemplazarla—, y me devuelve una imagen que reconozco sin detenerme demasiado en ella: los hombros ligeramente hacia delante, el rostro pálido, los ojos cansados pero atentos. No veo nada fuera de lugar, nada que deba preocuparme porque ya es habitual verme así. Mi melena ondulada por debajo de los hombros me pide una ducha tibia esta vez —nada de agua caliente—, y mis uñas de un color granate suave un repaso breve.
Apago la luz, sabiendo que mañana volveré al trabajo, como siempre. Volveré a reforzar, como siempre. Seguiré siendo como soy… como siempre.