Capítulo 1
Un día cualquiera
Esa mañana, Lora dormía plácidamente en su cuarto. O aposentos, como le gustaba llamarlo en voz alta a modo de burla, aunque los demás lo veían como una formalidad necesaria.
Era pleno otoño, así que ni frío ni calor, ¿entiendes a lo que me refiero? Había la temperatura perfecta, y eso en el Castillo de Farua se notaba, se palpaba. Aunque es probable que tuviera que ver con el hecho de dormir todas las noches con una chimenea gigante que siempre estaba encendida, sin posibilidad de apagarse. Una especie de fuego eterno. Cosas de la magia de este lugar. Y, por supuesto, sin miedo a posibles incendios… Magia. Y es que de todas las cosas que Lora podría haber pedido por su cumpleaños número veintiuno, cuando encontró a ese Galio en la entrada de su castillo pidiendo comida para su caballo antes de seguir su camino… a ella no se le ocurrió otra cosa que pedirle una chimenea eterna. ¿Por qué ibas a pedir un dragón adiestrado de color violeta o un unicornio que hable y vaya siempre con un arcoíris flotante a su alrededor? Mejor una chimenea que no se apague nunca y no se pueda incendiar.
Cuando decidió levantarse, se acarició el pelo, estiró todas sus extremidades con un gimoteo dulce y suave, y dirigió la mirada hacia el gran ventanal a la derecha de su cuarto —sus aposentos, no lo olvidemos—. Se dio cuenta de que en el exterior había un sol radiante iluminando todo el jardín, y eso la hizo sonreír.
—¡Por fin! —dijo levantándose de un salto y corriendo para abrir el ventanal y asomarse a través de él.
Se le iluminó el rostro con una sonrisa aún mayor, mientras veía la luz atravesando el cristal e intentaba enfocar su mirada en la gran explanada que tenía frente a sus ojos. Cogió todo el aire que pudo, inhalando esa humedad casi ya inexistente.
La mañana que se dibujaba frente a ella dejaba ver con nitidez sus facciones: una piel ligeramente dorada, su nariz recta y unos labios que aún conservaban sueño. Su cabello moreno, largo hasta la mitad de la espalda, caía en ondas que se deshacían y volvían a formarse con cada movimiento. Incluso recién despierta, con el camisón arrugado y los pies descalzos sobre el suelo frío, resultaba llamativa por la armonía de sus rasgos y la seguridad casi inconsciente con la que ocupaba el espacio.
Hacía tiempo que no se levantaba con un día bonito, de esos que dan ganas de pasarlo en el exterior. Llevaba lloviendo semanas y tener un poco de luz... era algo que Lora agradecía enormemente. Pues, para colmo, por si no era suficiente mala suerte que lloviera durante quince días seguidos de media, ella era una amante empedernida de la naturaleza. O mejor dicho: de tomar el sol.
Las lluvias en Farua eran peligrosas, los vientos eran terriblemente fuertes y los rayos podían partirte por la mitad. Las probabilidades de que te tocara a ti eran del noventa por ciento y, evidentemente, nadie quería correr ese riesgo. Así que, cuando llovía, podías olvidarte de pasar tiempo en el jardín. A ver, podías... pero te exponías a una muerte bastante segura. Por suerte, los días de lluvia llegaban cada dos o tres meses.
—¡Won! ¡Corre! ¡Ven! —gritó Lora echando la cabeza un poco hacia atrás, sabiendo que estaría cerca de su cuarto.
Unos segundos después, Won abrió la puerta de un golpe y corrió hacia ella.
—¿Qué ocurre? —respondió él muy alerta y el ceño fruncido.
—¡Mira! ¡No llueve!
—Lora... llevo despierto desde las siete. Ya sé que no llueve… —respondió él suspirando.
Ella lo miró haciendo una mueca y volvió a mirar por el ventanal.
—No sabes las ganas que tenía de poder ir al jardín. Y que sea hoy... ¡es mejor todavía! —gritó dando vueltas sobre sí misma y dirigiéndose a uno de sus tres armarios.
Su cuarto era inmenso. Al cruzar el umbral —más parecido a la entrada principal de una granja que a la de una simple habitación—, lo primero que se advertía eran dos grandes armarios alineados a lo largo de la pared izquierda. Un tercero ocupaba la esquina derecha, casi rozando el gran ventanal que se abría en la pared opuesta a la puerta.
Entre el ventanal y la entrada se alzaba la chimenea, solemne en el centro del lugar, y hacia la derecha de la estancia reposaba la enorme cama de Lora, deshecha, aguardando su regreso aquella noche.
El armario junto al ventanal era al que ahora se dirigía. Allí guardaba la ropa con la que se paseaba por el castillo para ser… una más, como le gustaba decir. El que hacía esquina contenía vestidos de fiestas, galas y ceremonias de realeza. Y el tercero, el más apartado, albergaba las prendas reservadas para abandonar el castillo en visitas oficiales.
Cuando abrió las puertas del armario, empezó a quitarse el camisón con el que dormía.
—¡Qué haces, joder! —gritó Won dándose la vuelta con los brazos extendidos y poniéndose colorado.
—Oye, hay suficiente confianza, tampoco te va a pasar nada. Y ya sabes que no estoy desnuda.
—No hagas eso, Lora.
—Eres muy estúpido cuando quieres —respondió ella negando con la cabeza y frunciendo el ceño mientras buscaba la ropa que quería.
—Lora, en serio.
—Perdona —respondió ella.
—¿Podrías comportarte como una reina normal?
—¿Conoces a muchas? —preguntó ella poniéndose unos pantalones elásticos ajustados de color blanco mientras levantaba una de sus cejas.
—No… —respondió Won encogiéndose de hombros.
—Claro, por eso mi comportamiento es de reina y así debes considerarlo.
Won cerró los ojos y suspiró, esperando que algún día la actitud de Lora cambiara. No le enseñaron a soportarla cuando estuvo en la academia de la Guardia Real, y para entonces ya no podía evitar sentir que eran mejores amigos. ¿Cómo coño se evita eso?
Mientras esperaba a que Lora acabara de vestirse, se masajeó la frente con el gesto cansado y pasó la mano por su cabello negro, espeso y ligeramente rebelde, apartándose el flequillo hacia atrás. La luz de la estancia resaltaba el contraste entre su piel clara y el azul intenso de sus ojos, que aún estaban terminando de empezar el día. Las facciones de su cara eran bastante marcadas, con una mandíbula firme y una complexión fuerte trabajada con los años de entrenamiento en la Guardia Real. Incluso en reposo, había en él algo alerta, como si su cuerpo nunca terminara de relajarse del todo.
—Entonces, ¿quieres desayunar fuera? —preguntó él sin darse la vuelta, sabiendo que era difícil saber cuándo Lora había terminado o no de vestirse.
—¡La duda ofende! —respondió ella empujándolo por detrás con una gran sonrisa—. Desayunas conmigo, ¿no?
—No puedo, ya lo sabes.
—Won, es mi cumpleaños… Por favor… —le insistió ella frunciendo el ceño y haciendo desaparecer la sonrisa que tenía.
—Deja que lo mire y…
—Déjate de mierdas, soy la reina. Así que desayunas conmigo —dijo ella interrumpiéndolo.
—Joder, deja de hablar así.
—A la gente le hace gracia.
—Es tu cumpleaños, el cumpleaños de la reina. Te suplico que no hables así. Saben que soy el guardia de mayor confianza que tienes y no lo dudo lo más mínimo... seguro que creen que soy el responsable de esa mierda de vocabulario que usas.
—Acabas de decir mierda. Es obvio que lo he aprendido de ti, ¿no crees?
—Antes de conocernos ya hablabas así… —dijo con una pequeña sonrisa burlona.
—Pero, por suerte, eso no lo saben los demás. Y tú lo sabes por esa confianza que te tengo —dijo mientras se ponía a andar hacia atrás por el pasillo de las habitaciones del castillo.
La sonrisa que había vuelto a asomar en la cara de Lora se había convertido en una profunda tristeza interior que no podía quitarse de encima.
Su cumpleaños. Otro más. Otro veintiuno a la lista. ¿Cuántos iban ya? Ella lo apuntaba, pero ese día no tenía muchas ganas de pensar en ello. Won lo sabía, todos lo sabían de hecho. Pero nadie hablaba… nadie. La gente de Farua no era estúpida, todos lo sabían y callaban, pues no querían ni por asomo imaginar maldiciones persiguiéndolos; ni siquiera por mencionarlas o comentarlas. Won abrazó a su reina y amiga, la felicitó por su aniversario y besó su mejilla. Algo que no solía hacer, pero sabía que era necesario para que Lora se sintiera más normal de vez en cuando.
TikTok