Instagram Instagram TikTok TikTok Amazon Amazon
Inicio Series Autoconclusivos

La reina inmortal


Introducción


A ver, esto va a ser un poco complicado. Pero voy a poner todo mi empeño para que puedas entender lo que va a pasar a partir de ahora.

Farua es el continente que has podido analizar hace un momento, con todos sus bonitos lugares. Es muy pequeño, así que las dimensiones y la facilidad con la que se llega de un lugar a otro tampoco es algo que debiera asombrarte a lo largo de esta historia. El planeta en el que está situado Farua se llama Hosig, y comparte océano con otro continente llamado Fonsal —aunque no es muy importante, pues en esta historia no hará aparición—.

Hosig es la Tierra: podríamos decir que en un universo paralelo y con criaturas un tanto... peculiares. No sé cómo llamarlas para que lo entendáis… ¿Mágicas? Tal vez. Para los habitantes de este planeta es demasiado normal, así que llamarlas mágicas es absurdo. La cuestión es que es todo un poco diferente a lo que tú debes conocer y poco a poco, a medida que te adentres en la historia, irás entendiendo las cosas que ocurren en este lugar. Pero su idioma, su forma de hablar o ser, es como lo que conoces a tu alrededor, en tu entorno, en tu Tierra.

Por el momento... céntrate en dónde están situados los diferentes lugares de Farua, que es donde se centra nuestra historia. Aunque ahora, si me das permiso, en un breve resumen —muy breve— te contaré un poco de cada uno de ellos. Eso te situará fácilmente en el lugar y te ayudará a entender lo básico para adentrarte en la historia.

Farua es el continente en el que se centra nuestra historia, como ya he dicho. Evidentemente tiene un reinado, el cual está dirigido por Lora, nuestra protagonista.

Tuhop es la ciudad central. Es como una especie de ciudad donde se concentran la mayoría de las empresas de todo Farua. Para que nos entendamos, aunque con diferencias —muchas diferencias—, es como la capital. Como irte a París de Francia, Madrid de España o Berlín de Alemania.

Está bastante cerca del Castillo de Farua. Creo que es muy obvio pero voy a decirlo por si las moscas. Es donde vive Lora. Es... su castillo. No hay más. Fin de la explicación.

Degol es como la ciudad central, pero más pequeño y alejado. Su cercanía a los Bosques Prohibidos —ahora llegaremos a eso— hace que la gente de Tuhop y Degol no quiera mezclarse demasiado. En ella habitan la mayoría de los cazadores de Farua que, posteriormente a sus capturas en dichos bosques, viajan a Tuhop para vender su mercancía.

Los Bosques Prohibidos. Es complicado hablar de ellos. Los cazadores se adentran entre sus grandiosos, altísimos e imponentes árboles oscuros para cazar y tener algo que llevarse a la boca. Hay tropas que cazan exclusivamente para el Castillo, la Guardia de Somnia —paciencia, ahora vamos a esto— o, como ya he mencionado, para vender la mercancía en Tuhop. Esa gente también tiene que comer, ¿no? En Degol no se vende lo cazado, se reparte. Cosas de ser una civilización que empatiza, colaboradora y con… ¿corazón? Yo qué sé. Algo así, pero siguen sin ser de fiar según los habitantes de Tuhop. Lo de juzgar no lo llevan nada mal en Farua.

La Guardia de Somnia es una parte fundamental de Farua. Sin ellos habría cosas muy distintas en el continente. Son parte de la guardia real, aunque apenas hay contacto entre el Castillo y estos. Solo cuando es necesario. En Fonsal creo que lo llaman Guardia de Sueños o algo así.

Somnia es un cerramiento de decenas de kilómetros rodeados de un muro infranqueable, y muy bien vigilado. Las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año —cambiando turnos, puesto que aquí no se explota a nadie—.

Y te preguntarás qué hay en Somnia. Bien… En la Tierra, cuando alguien hace algo mal existe la cárcel y, en algunos lugares incluso, la pena de muerte. En Farua, las cosas son distintas. La cárcel es Somnia. Pero en ella entras hasta el día de tu muerte. Es como una cadena perpetua. Un poco radical, lo sé. No es un lugar en el que te sirven comida basura dos veces al día, vas a la biblioteca, tomas el sol y juegas a baloncesto o fútbol. No, no. Es lo que parece que indica su propio nombre. Es un sueño eterno, para entendernos. Inducido. De manera natural, llegará tu muerte en algún momento. Pues tus órganos se mantienen intactos, así que para ellos pasa el tiempo, tanto como para tu piel. Cogiendo arrugas, cambiando con el tiempo. Hasta que un día, tu corazón deja de funcionar. Incluso es posible contraer enfermedades.

No sería cruel si no fuera porque ese sueño, a ti te lleva a vivir el resto de tus días en una pequeña sala, muy pequeña, donde no hay N-A-D-A. ¿Imaginas pasar así el resto de tu vida? Sin comer ni hacer nada. Tu cuerpo no lo necesita. Acabarías loco. ¿Sería mejor morir?

Te preguntarás por qué no hay pena de muerte. Bueno, eso son leyes religiosas ancestrales que nadie ha querido romper. En Farua se vela por el bienestar, la cordura y el razonamiento. Sé que con lo que acabo de explicaros sobre Somnia es difícil creerlo…

Se intenta evitar a toda costa el conflicto, aunque los hay. Pero eso es en pocos lugares, en pueblos mucho más pequeños que ni siquiera aparecen en el mapa.

Hay que decir que, desde la llegada de Lora al trono, las cosas en cuanto a este tipo de leyes, tan duras, han cambiado. Ya no se lleva a Somnia a gente que haya cometido delitos leves. Y hay condenas más bajas si no se te ha ido la cabeza. Pero aquellos que ya estaban dentro antes de estos cambios… No pueden salir. Es lo que hay. Para eso no hay solución… Al menos de manera legal.

Llegados a este punto, creo que estás más o menos listo para empezar esta historia. Creo que estás listo para conocer a Lora y el viaje que emprendió.



Un día cualquiera


Esa mañana, Lora dormía plácidamente en su cuarto. O aposentos, como le gustaba llamarlo en voz alta a modo de burla, aunque los demás lo veían como una formalidad necesaria.

Era pleno otoño, así que ni frío ni calor, ¿entiendes a lo que me refiero? Había la temperatura perfecta, aunque es probable que tuviera que ver con el hecho de dormir todas las noches con una chimenea gigante que siempre estaba encendida, sin posibilidad de apagarse. Una especie de fuego eterno. Cosas de la magia de este lugar. Y es que de todas las cosas que Lora podría haber pedido cuando encontró a ese Galio en la entrada de su castillo pidiendo comida para su caballo antes de seguir su camino… A ella no se le ocurrió otra cosa que pedirle una chimenea eterna. ¿Por qué ibas a pedir un dragón adiestrado, o un unicornio que brille y vaya siempre con un arcoíris flotante a su alrededor? Mejor una chimenea que no se apague nunca.

Cuando decidió levantarse, se acarició el pelo, estiró todas sus extremidades con un gimoteo dulce y suave, y dirigió la mirada hacia el gran ventanal a la derecha de su cuarto —sus aposentos, no lo olvidemos—. Se dio cuenta de que en el exterior había un sol radiante iluminando todo el jardín, y eso la hizo sonreír.

—¡Por fin! —dijo levantándose de un salto y corriendo para abrir el ventanal y asomarse a través de él.

Se le iluminó el rostro con una sonrisa aún mayor, mientras veía la luz atravesando el cristal e intentaba enfocar su mirada en la gran explanada que tenía frente a sus ojos.

Hacía tiempo que no se levantaba con un día bonito, de esos que dan ganas de pasarlo en el exterior. Llevaba lloviendo semanas y tener un poco de luz... era algo que Lora agradecía enormemente. Pues, para colmo, por si no era suficiente mala suerte que lloviera durante quince días seguidos de media, ella era una amante empedernida de la naturaleza.

Las lluvias en Farua eran peligrosas, los vientos eran terriblemente fuertes y los rayos podían partirte por la mitad. Las probabilidades de que te tocara a ti eran del 90% y, evidentemente, nadie quería correr ese riesgo. Así que cuando llovía, podías olvidarte de pasar tiempo en el jardín. A ver, podías... pero te exponías a una muerte bastante segura. Por suerte, los días de lluvia llegaban cada dos o tres meses.

—¡Won! ¡Corre! ¡Ven! —gritó Lora echando la cabeza un poco hacia atrás.

Unos segundos después, Won abrió la puerta de su cuarto de un golpe y corrió hacia ella.

—¿Qué ocurre? —respondió él muy alerta.

—¡Mira! ¡No llueve!

—Lora..., llevo despierto desde las siete. Ya sé que no llueve…

Ella lo miró haciendo una mueca y volvió a mirar por el ventanal.

—No sabes las ganas que tenía de poder ir al jardín. Y que sea hoy... ¡es mejor todavía! —gritó dando vueltas sobre sí misma y dirigiéndose a uno de sus tres armarios.

Su cuarto era bastante grande: cuando entrabas por la puerta —más parecido a la entrada principal de una casa rural que de una habitación— podías encontrar dos grandes armarios en la pared izquierda. Y el que quedaba pegado a la derecha de esta misma, hacía esquina junto al tercer armario, pegado prácticamente al gran ventanal de la pared contraria a la de la entrada al cuarto. Entre la puerta y el ventanal se podía ver la gran chimenea en el centro, en dirección a la derecha de la estancia donde la gran cama de Lora esperaba deshecha a que su dueña volviera esa misma noche.

El armario que quedaba al lado del ventanal, era ese al que ella ahora se dirigía. Contenía ropa que usaba para pasearse por el castillo y ser... una más, como lo llamaba ella. El segundo era el que hacía esquina junto al primero, con ropaje para fiestas, galas y acontecimientos importantes o de realeza. Y el tercero, el que estaba en el lado izquierdo de la pared izquierda de la estancia, contenía ropa para salir del castillo y hacer visitas oficiales.

Cuando abrió las puertas del armario, empezó a quitarse el camisón con el que dormía.

—¡Qué haces, joder! —gritó Won dándose la vuelta con los brazos extendidos y poniéndose colorado.

—Oye, hay suficiente confianza, tampoco te va a pasar nada. Y ya sabes que no estoy desnuda.

—No hagas eso, Lora.

—Eres muy estúpido cuando quieres —respondió ella negando con la cabeza y frunciendo el ceño mientras buscaba la ropa que quería.

—Lora, en serio.

—Perdona —respondió ella.

—¿Podrías comportarte como una reina normal?

—¿Conoces a muchas? —preguntó ella poniéndose unos pantalones elásticos ajustados de color blanco mientras levantaba una de sus cejas.

—No… —respondió Won encogiéndose de hombros.

—Claro, por eso mi comportamiento es de reina y así debes considerarlo.

Won cerró los ojos y suspiró, esperando que algún día la actitud de Lora cambiara. No le enseñaron a soportarla cuando estuvo en la academia de la Guardia Real, y para entonces ya no podía evitar sentir que eran mejores amigos. ¿Cómo coño se evita eso?

Mientras esperaba a que Lora acabara de vestirse, se masajeaba la frente y repasaba su pelo negro como el carbón, arrastrando la mano por su flequillo hacia atrás. Aprovechó también para pasar su pulgar y el dedo índice por sus azules ojos, cerrándolos primero, obviamente, y así acabar de despertar del todo a pesar de estar levantado de su cama desde hacía algunas horas.

—Entonces, ¿quieres desayunar fuera? —preguntó él sin darse la vuelta, sabiendo que era difícil saber cuándo Lora había terminado o no de vestirse.

—¡La duda ofende! —respondió ella empujándolo por detrás con una gran sonrisa—. Desayunas conmigo, ¿no?

—No puedo, ya lo sabes.

—Won, es mi cumpleaños… Por favor… —le insistió ella frunciendo el ceño y haciendo desaparecer la sonrisa que tenía.

—Deja que lo mire y…

—Déjate de mierdas, soy la reina. Así que desayunas conmigo —dijo ella interrumpiéndolo.

—Joder, deja de hablar así.

—A la gente le hace gracia.

—Es tu cumpleaños, el cumpleaños de la reina. Te suplico que no hables así. Saben que soy el guardia de mayor confianza que tienes y no lo dudo lo más mínimo..., seguro que creen que soy el responsable de esa mierda de vocabulario que usas.

—Acabas de decir mierda. Es obvio que lo he aprendido de ti.

—Antes de conocernos ya hablabas así… —dijo con una pequeña sonrisa burlona.

—Pero, por suerte, eso no lo saben los demás. Y tú lo sabes por esa confianza que te tengo —dijo mientras se ponía a andar hacia atrás por el pasillo de las habitaciones del castillo.

La sonrisa que había vuelto a asomar en la cara de Lora se había convertido en una profunda tristeza interior que no podía quitarse de encima.

Su cumpleaños. Otro más. Otro veintiuno a la lista. ¿Cuántos iban ya? Ella lo apuntaba, pero ese día no tenía muchas ganas de pensar en ello. Won lo sabía, todos lo sabían de hecho. Pero nadie hablaba… Nadie. La gente de Farua no era estúpida, todos lo sabían y callaban, pues no querían ni por asomo imaginar maldiciones persiguiéndolos; ni siquiera por mencionarlas o comentarlas. Won abrazó a su reina y amiga, la felicitó por su aniversario y besó su mejilla. Algo que no solía hacer, pero sabía que era necesario para que Lora se sintiera más normal de vez en cuando.

¡Quiero comprarlo!
© Copyright 2025 | Aviso legal y política de privacidad