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Me sentí a salvo, contigo


Lunes, 13 de septiembre de 2010

Estoy preparada para el nuevo día. Para la nueva etapa, el nuevo curso. Las personas nuevas… Supongo. El verano ha sido horrible. Con lo cual, a mí, Olivia Rodríguez (Oli para los amigos), solo me queda pensar en un futuro mejor, lleno de nuevos momentos que añadir a mi memoria. El verano ha sido horrible por el calor que ha hecho, aunque también os digo que no es lo peor que me podía pasar. Eso está claro. ¿Cómo serán los nuevos compañeros de clase? Solo espero que no sean como todos los idiotas a los que tuve que aguantar durante la ESO.

Hay una cosa innegable de los institutos. El noventa por ciento de los alumnos son chicos y chicas que quieren ser populares y sentirse los más grandes. Quien lo niegue es porque formaba o forma parte de este grupo. O no logra acceder a ellos e intentan sentirse mejor negando lo evidente.
Y luego está el diez por ciento restantes, donde yo me identifico. Intento encajar en cualquier lado para no sentirme sola. Para qué engañarnos, todos hacemos eso, incluso los que dicen que no. Pero yo no niego lo evidente, no vayáis ahora a llamarme hipócrita por lo que he dicho antes.
Me aceptaron en un grupo durante cuarto de la ESO. Los años anteriores estaba más sola que la una. Las chicas que lo formaban no eran las más populares del curso, pero se creían bastante decentes dentro del ranking de popularidad. ¿Se le puede llamar así? Popularidad en un instituto y con quince años… Supongo que sí.
Total, que ya estamos en el año dos mil diez. Concretamente es trece de septiembre y es momento de encontrar mi clase. ¿Os he dicho ya que empiezo bachillerato? Supongo que es obvio si he terminado la ESO. De paseo, puedo confirmar que estoy en un auténtico infierno, si tenemos en cuenta los gritos de los que se han dado cuenta de que están juntos en clase con sus amigos, los que coinciden de otros institutos, los que se conocen de extraescolares, y un largo etcétera que no me importa una mierda, pero que no puedo evitar observar mientras camino por los pasillos y obviamente, ya que estoy, criticarlo. Llego a mi clase, que si no recuerdo mal es la A. Veremos. Bachillerato social humanístico. Lo mejor sin lugar a duda es ser de A o C, para evitar básicamente estar entre medias, y esto es por puro gusto personal.

No reconozco a demasiada gente al llegar a la que será mi clase durante varios meses. Veo a varios repetidores, y sé que lo son porque se ponen en las mesas de la última fila, y ya se les ve cómodos desde que cruzan la puerta. Además de que les conoce todo el mundo, vaya.
—¡Qué pasa, loco! —dice Kike.
Lo conoce todo el instituto, no es por gusto que sé su nombre. Y es probablemente el más detestable de todos, por esas pintas de macarra insufrible que lleva por ropa.
—¡Dónde vas! —Fran.
Otro que tal baila… Sin comentarios.
—¡Chavales!
A este no lo conozco.
Miro a mi alrededor en busca de cualquier cara conocida para no sentirme un año más con la necesidad de pegar mi culo al primer grupito que pille, cuando por fin veo a Celia. Mi alivio es indescriptible cuando me acerco a ella para saludarla. Creo que en realidad ella también se siente así, porque como dos auténticas estúpidas, nos abrazamos emocionadas y creo que es el mejor momento de nuestra vida. Lo que os digo, muy estúpidas. La conocí en el grupo en el que estuve el año pasado, y ella por suerte no es como el resto. Ella es… Es… normal. En serio, muy normal. Por suerte, al ser tan parecidas, nos pegamos la una a la otra y, bueno, hasta ahora. El resto de las chicas del grupo, además, ha cambiado de instituto. Y lo agradezco porque entre ellas me sentía rara, ya os he dicho que pegué mi culo al primer grupo que pillé. Lo único bueno que saqué fue a una chavala adorable con la que conecté desde el primer momento, y que se ha convertido en la mejor amiga que he tenido y tendré jamás. Pero ya llegaremos al porqué de esto.

Este primer día no es más que una toma de contacto para todos. Excepto para los repetidores, claro. Nos explicarán qué haremos durante los próximos meses hasta llegar el verano: cómo funcionarán las asignaturas, cuáles serán los horarios de cada una, quiénes serán los profesores, las excursiones que haremos cada equis tiempo, y lo peor de todo… Explicación básica, y muy por encima, del viaje de fin de curso. ¿Ganas de ir en este momento? Cero.

La hora del patio es perfecta para ponerme al día con Celia. Probablemente es el momento más deseado por todos los alumnos de este curso, ya que por fin nos dejan salir a la calle durante media hora, cuando en la ESO no se nos permitía. La mayoría lo hacen para fumar, pero yo decidí que lo aprovecharé todos los días para ir al supermercado más cercano a comprarme un zumo, un Cacaolat o cualquier cosa que me apetezca. Todo con tal de no pasar ni un segundo, cerca de gente que no sea Celia. Viva el consumismo. ¿Viva también mi mal humor, bordería y cero ganas de conocer a más gente? Por supuesto, multiplicado por cincuenta.

—Oye, ¿crees que será tranquilito o que tendremos que lidiar con tantos imbéciles como el año pasado? —le pregunto a Celia.
Es inevitable que hablemos de esto, porque de una forma u otra, somos bastante parecidas en cuanto a soportar gente nueva. Y en un sin fin de cosas más. En serio, creo que somos almas gemelas a las que la casualidad o el destino, dependiendo de aquello en lo que creáis, nos juntó en el mejor y peor momento. Así que no dudo ni un segundo en abrir el tema, mientras nos dirigimos al supermercado más cercano.
—Pues no sé qué decirte, porque por ahora me ha parecido todo el mundo bastante guay. Pero si les damos una semana seguro que ya sabemos quién es el gorila de la selva, los que lo siguen, ¡y un largo etcétera!
Nos reímos y algo dentro de mí se siente incómodo. Mirad, no soy supersticiosa ni nada por el estilo. Pero tengo que admitirlo: en mi cabeza, algo me dice que no voy a poder cumplir con todo lo que me estoy proponiendo, para evitar estar cerca de gente idiota. Pero tengo claro que lo intentaré por todos los medios.

* * * * *

—¡Hola! Ya estoy aquí…
Entro por la puerta de casa con una mochila cargada de hojas, la agenda nueva que va a ser mi nueva mejor amiga el resto del curso, la carpeta que se tendrá que convertir en archivador, y un estuche lleno de demasiadas cosas que no me servirán de nada. Porque nos han explicado que el curso se basará en tomar cientos de miles de apuntes. Algo que dejaba claro, por el tonito de voz que usó nuestra tutora Amanda, que solo necesitaremos tener treinta y cinco bolígrafos azules para no quedarnos sin tinta el resto del curso.
—¡Hola, cariño! —Mi madre respondiendo a mis plegarias al saludar, para poder explicarle lo horrible que ha sido el primer día, es mi salvación en este momento—. ¿Cómo ha ido? ¿Bien? ¿Amigos nuevos?
Mientras la escucho preguntar cientos de cosas a las que no voy a responder de inmediato, entro en la cocina, dejo la mochila sobre la mesa y me siento a observarla. Mientras habla sin parar. Apoyo la barbilla sobre mi mano, con el codo en la mesa, hasta que se da cuenta de que no me permite vomitar mis críticas.
—No te dejo hablar, ¿verdad?
—No pasa nada, me gusta escucharte… Pero necesito despotricar un poco sobre mi existencia, en ese lugar llamado infierno.
—No lo llames así, harás más amigos y te acabará gustando, ¡estoy segura! Este va a ser tu año.
Se da la vuelta trapo en mano mientras me señala y sigue limpiando los cincuenta tápers que hay sobre la encimera.
—No quiero hacer amigos, me sobra con Celia y los chicos… Ya sabes. Carlos, Raúl y Lucía.
—Adoro a Celia. Y el resto también, claro. Pero…
—Por eso es mi amiga, porque tú y yo somos iguales, y Celia es genial. Oye, lo que quería decir… —Empiezo a arrastrar el dedo corazón de la mano con la que sujetaba mi cabeza por la mesa para quitar las manchas que veo—. Es que hay un viaje de fin de curso este año, igual que lo habrá en segundo y…
—¡Cierto! Lo leí en el correo electrónico que nos enviaron, pero no nos dijeron a dónde iríais. ¿Qué es? ¿Ámsterdam? ¿Londres?
—No, no… Este año se va a esquiar.
—¡A esquiar! —Se da la vuelta para mirarme, táper en mano, con un brillo en los ojos que pocas veces le he visto antes—. ¡Qué maravilla! Eso es como patinar, te va a encantar, Oli.
—Mamá…
—Tu padre y yo fuimos hace años, cuando aún nos manteníamos en pie lo suficiente como para hacer algo de deporte. La verdad es que es algo que cansa muchísimo… Bueno, ya lo sabes, porque lo hemos hablado mucho, claro.
—Mamá…
—Ya lo verás, es realmente divertido excepto por el frío. Con suerte hará muchísimo calor, porque allí arriba con un poco de luz hasta puedes quemarte la cara. Te compraré toda la ropa necesaria y…
—¡Mamá! Escúchame. No quiero ir —digo mordiéndome el labio inferior mientras hago una mueca y la miro de reojo.
—¿Cómo que no quieres ir? Oli, vas a ir. El bachillerato no es como la ESO. Hazme caso, cuando llegue el momento y veas que no hemos pagado, te vas a arrepentir. Además, lo necesitas…
—Lo dudo. No quiero. Me voy a tomar esta etapa como una transición para salir de la cárcel. Me portaré bien, estudiaré y adiós. Deja ese tema, por favor…
Estiro mis brazos contra la mesa con los ojos cerrados, sintiéndome orgullosa de mis decisiones de adulta, aunque no lo soy ni por asomo.
—No sabes lo que dices. Hay tiempo, ¿verdad? Pues ya lo hablaremos.
—Lo que tú digas… —Me levanto de la silla, cojo mi mochila y me dispongo a salir de la cocina—. Oye, deja de limpiar tápers. Tíralo, ¡hay demasiados!

Sé de lo que quería hablar mi madre en realidad. Claro que lo sé. Pero no es el momento. Nuevo curso, vida nueva.

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