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Salvarte o morir


Aquí empieza todo


Ena estaba de rodillas frente a su cama, con los ojos cerrados, empeñada en seguir intentando recordar la dulce sonrisa que la despertaba con un beso, cuando era pequeña, y le susurraba «buenos días, princesa» mientras apartaba las cortinas dejando pasar la luz del día por la ventana.

El problema era que ya habían pasado demasiados años de aquello, y era consciente de que cada vez se le hacía más difícil mantener su imagen en la mente. Lo intentó con su otro progenitor y fue más sencillo. Su padre no había fallecido hacía tantos años. Aún era capaz de recordar su voz, sobre todo las quejas cuando llegaba tarde para cenar durante sus primeros años de adolescencia e intentaba recriminarle su mal comportamiento. Ella siempre se reía, le daba un beso en la mejilla y prometía no volver a hacerlo. Pero siempre mentía. Él lo sabía… y aun así siempre dejaba que volviera a salir. «Tu madre me mataría si supiera que te dejo hacer todo lo que quieres», le llegó a decir alguna vez. Eso hacía reír a Ena, pero luego se miraban con tristeza.

Abrió los ojos, se levantó, se limpió las lágrimas que aún brotaban por sus mejillas y se dispuso a entrar en la cama.

—Otro día más intentando no olvidaros… Me cuesta, pero os prometo que no lo haré —dijo agarrándose con fuerza al recuerdo que llevaba en su mente junto a un pasado que todavía la perseguía de vez en cuando.

Suspiró con fuerza antes de meterse bajo el edredón.

Esa noche hacía frío, por lo que el pequeño temblor que recorrió su cuerpo al empezar a taparse la hizo tiritar y acurrucarse con prisa, como si eso fuera a solucionar el problema.

—Joder —se quejó tapándose hasta los ojos.

Cuando logró entrar en calor, se destapó hasta los hombros y se acomodó boca arriba, con los ojos abiertos y sin dejar de mirar al techo, gracias a la luz de la luna, que lograba invadir un poco su cuarto e iluminar el lugar. Esa noche estaba cansada, no había dejado de evaluar a los posibles candidatos para el nuevo frente que debía haber en Oshrim, el puerto principal de Fonsal que, por fin, comunicaba con Farua, el otro continente de Hosig.

Ena era la guardia de confianza de los reyes de Fonsal, o, mejor dicho, de la reina Shela. Y es que el rey Anton se podría decir que dejaba que la reina hiciera lo que le daba la gana. Él heredó el trono, pero la única que le sacaba provecho fue la persona con la que decidió contraer matrimonio. Supo que sería la elección perfecta porque Shela era…, bueno, ya lo iréis viendo.

El cuarto de Ena estaba en la segunda planta, donde estaban también todos los trabajadores principales del castillo. En la primera, en cambio, estaban los cuartos de los reyes y el príncipe Zac, además de una estancia para invitados.

El puesto de Ena era el que tenía más privilegios, por supuesto. No tenía horarios estrictos ni límites o prohibiciones. Como era obvio, solo necesitaba un poco de sentido común para no hacer según qué cosas. Sentido común…, bueno. Ya llegaremos a eso.

En definitiva, ella estaba al mando. Cualquier problema, era la máxima responsable. Todo el mundo debía rendirle cuentas a ella antes que a los reyes. Buen puesto…, peligroso también. Ella lo sabía…, lo entendía… Lo supo y lo entendió unos años antes, de hecho.


Despertar a la mañana siguiente fue todo un reto para su cansado cuerpo. Sentía los ojos pesados, como si el frío de esa noche hubiera querido joderla por todo lo alto. No lo consiguió del todo, pues tenía un hambre voraz.

Bajó a desayunar con prisa, a causa de lo despacio que decidió bañarse para alargar ese momento todo lo posible. Al entrar en el comedor, la reina y el rey ya estaban sentados en las sillas principales de la esquina en una gran y larga mesa. Se acercó procurando no hacer ruido, colocándose tras las altas sillas que había en su lado derecho, junto a ellos, y agradeciendo a Clarim, la doncella del castillo y amiga suya, que le acercara una taza de zumo y un bollo, pues su estómago estuvo a punto de rugir sin control.

—Llegas tarde.

Ena levantó los ojos del bollo y miró con el semblante serio a Shela, que había decidido mirarla con reproche. Era la primera vez desde que tenía este puesto que le ocurría. Era consciente de que era un error cometido, pero también de que no era para tanto; solo estaban desayunando. La conocían desde que era pequeña, y llevaba siendo quien era casi cuatro años como para que aquello fuera un problema… Aun así, intentó pensar rápido:

—Lo siento —respondió mientras agachaba la cabeza y cogía aire—. He tenido problemas en el cuarto.

Volvió a mirar a Shela y tragó saliva.

—¿Otra vez esos asquerosos bichos?

Se refería a las gernas. Una especie de hormigas de unos veinte centímetros capaces de destrozarte los tímpanos si se ponían a gritar, pues emitían un sonido parecido al de un grillo, pero a un volumen realmente ensordecedor. Pero no, estaba claro que no habían sido un problema.

—Sí —respondió mirándola con una sonrisa—. Pero ya está solucionado.

—Bien —dijo entonces Zac, el príncipe, que masticaba de manera alegre su manzana mientras miraba divertido a Ena.

Podía verlo entre las sillas que tenía delante porque él estaba sentado en el lateral derecho de la mesa, junto al rey. Menos mal que Ena había decidido no sentarse con ellos; era consciente de lo mucho que a Zac le divertía sacarla de quicio delante de los reyes.

—¿Algo que decir, Zac? —preguntó Anton levantando una ceja y sin dejar de masticar el embutido de su plato.

—No… Qué va. Solo… Bueno, hace días que no hay gernas por aquí. Curioso que siempre vayan al cuarto de Ena. Habría que echar un ojo, a ver si hay una plaga y debemos actuar en consecuencia…

Ena apretó los dientes y acabó por sentarse en el lado izquierdo de la mesa, junto a Shela, para tenerlo de frente y responder. No iba a permitir que el príncipe mimado, el más odioso que podrían haber engendrado, la tachara de mentirosa, a pesar de serlo en ese momento.

—La cosa es que suelo abrir el ventanal para airear durante algunas tardes, algo que hice ayer. Y dicen que a las gernas las atrae el aroma de las velas, algo de lo que, por supuesto, yo suelo disponer al lado de la cama.

La sonrisa de Zac se esfumó y Shela decidió cambiar de tema porque le importaba más bien nada aquel estúpido asunto.

—Bueno, vayamos a lo importante —comentó a la vez que chasqueaba los dedos para hacer pasar al mensajero oficial de Fonsal.

Ena frunció el ceño y dirigió los ojos hacia Zac, que seguía mirándola. Esta vez levantó las cejas con una sonrisa y Ena bufó volviendo a mirar a la reina.

El sonido de los pasos firmes del hombre resonaba en el mármol pulido del salón. Era alto, con un bigote peculiar y una capa azul y blanca. Avanzó con rapidez mientras sostenía un pergamino sellado entre las manos.

—Aquí tiene, majestad —dijo a la vez que entregaba la carta a Shela.

Lo desenrolló con cuidado y lo abrió. Hubo algunos segundos de silencio e incertidumbre.

—Curioso —dijo mientras su mirada paseaba por las letras de aquella larga carta—. Bueno, parece que tendremos una gran visita —dijo mirando con orgullo al rey y entregándole el pergamino.

Ena se removió en el asiento. Odiaba que las cosas funcionaran de ese modo. El mensajero siempre leía las cartas en voz alta, y hacía unas largas semanas que la reina decidía leerlas con secretismo para crear nervios en los demás.

—«Esperen nuestra pronta visita, avisaremos de nuestra llegada con dos días de antelación» —leyó el rey.

—¿El conde Toruk necesita crear esta mierda para avisar de que vendrá a cenar en unos días? Joder —dijo Zac poniendo los ojos en blanco y provocando que a Ena casi se le escapara la risa.

—¡Zac! —gritó Shela mirándolo con furia—. Compórtate como lo que eres.

—Vamos, mamá —dijo con una súplica burlona digna de un adolescente—, solo bromeaba… ¿Quién es?

—Son los reyes de Farua —respondió ella.

Ena la miró sorprendida. ¿La reina Lora? ¿El rey Ruk? ¿Una visita?

—¿Van a venir? —preguntó ella alternando la mirada entre Shela y Anton.

—Eso parece. Quieren visitar el continente, que nos conozcamos y hagamos las paces como es debido. Esta visita es realmente importante —dijo Shela devolviendo el pergamino al mensajero—. Clarim, haz que escriban una carta agradeciendo su visita, quiero que sepan que los esperamos con ansias y todo eso. Esta oportunidad que se nos presenta es inmensa… ¡Por todos los Galios!

El brillo en los ojos de Shela era palpable incluso a una larga distancia.

—¿Algo que hacer, querida? —preguntó Anton, sabiendo que Shela siempre lo planeaba todo en cuestión de segundos.

—¡Por supuesto! Ena —la llamó girándose hacia ella—, hay que reunirse mañana con el conde Toruk, el jefe portuario de Oshrim y la dueña de las pastelerías y viñedos de Fonsal.

—Claro —respondió Ena sin entender por qué los mencionaba de ese modo, si todos los presentes sabíamos que entre ellos eran familia y quiénes eran.

«Con lo fácil que era decir que preparara una reunión con Toruk y toda su puñetera familia», pensó.

—Es importante hacer crecer nuestro ejército en Suenol, nunca se sabe lo que puede ocurrir —dijo Shela mientras agarraba su copa con agua y sorbía mirando al rey de reojo.

—Sí, habría que seleccionar a los guardias del puerto también —añadió Anton—. ¿Cómo está el tema, Ena?

—Bien —respondió ella—. Algunos están muy preparados, se podría trabajar en buscar una parte para llevarlos a Suenol…

—Genial —dijo Shela—. Aunque quiero hablar con Bark, para Suenol tengo algunas ideas en cuanto al ejército… Quiero que Zac esté presente de todas formas en tu visita oficial, Ena, es necesario que aprenda a tomar las riendas de estas cosas y deje de pasearse todo el santo día. Ya sabemos lo que pasó la última vez que quisimos ver los frutos de su esfuerzo…

—Mamá —interrumpió Zac—, no me interesan la guerra, la violencia o la lucha. Yo solo quiero vivir en paz… Y ya que estamos, visitar Farua algún día. Deja de atormentarme con tus ideas apocalípticas, ¿quieres?

Se acarició los párpados con suavidad mientras suspiraba y Ena agachó la cabeza evitando suspirar molesta. «Siempre tan crío», pensó para sus adentros.

—No seas estúpido y empieza a valorar tu puesto, Zac.

Shela se levantó dejando la copa sobre la mesa y dirigiéndose a la puerta.

—No le hagas caso —dijo Anton dándole una palmadita en el hombro a su hijo antes de ir tras ella—. Sabes que es muy intensa.

—Y tú muy permisivo —respondió Zac.

Los dos se fueron y Ena se levantó dispuesta a marcharse también.

—Ena, espera —dijo Zac para hacerla frenar y que se diera la vuelta—. Mañana quiero ir a Scarp y necesito que me acompañes tú.

—¿Por qué? —preguntó ella con burla dándose la vuelta hacia él, que seguía en su sitio—. ¿Necesitas niñera?

—Muy graciosa… —respondió Zac con una sonrisa de vuelta—. Sabes que no se me permite ir sin guardia. Y quiero a la mejor.

—Lo que quieres es dar por culo.

Ena se mantenía quieta, aunque miraba a los lados para asegurarse de que ya no había nadie más allí que pudiera escuchar esa forma tan vulgar que tenía de hablarle siempre que estaban a solas.

Zac rodeo la mesa, se encaminó a pasar por delante de ella mientras esta se daba la vuelta despacio, siguiendo sus pasos y preparada para cualquier posible tontería que hiciera que ella quisiera darle una bofetada. Él se paró antes de pasarla de largo, para mirarla de frente y responder:

—Lo que quiero es que obedezcas, nada más.

Ena se quedó callada, mirándolo sin responder. Intentó tragar saliva, pero un calor muy intenso acababa de recorrerle el cuerpo, y, además, el perfume que desprendía Zac no ayudaba en absoluto.

—Mañana a las nueve en la entrada del castillo, pide que tengan los caballos preparados —añadió antes de irse.

Ella volvió a respirar. Lo odiaba. La sacaba de quicio. Le molestaba que hiciera eso; acercarse tanto, sonreír, provocarla hasta hacerla rabiar… Y, sobre todo, que nunca pudiera pegarle el puñetazo que se merecía por aquella vez en que la empujó tras ganarle en un duelo de espadas. Quiso mostrar su talento innato en la batalla para impresionar a sus padres, y solo logró quedar como el niño mimado que siempre había sido, haciéndole entender a Shela que su hijo, el príncipe Zac, era un desperdicio si no se ponía a entrenar.

Se dirigió a los establos, a un paseo de diez minutos del castillo, para asegurarse de que tendrían cuatro caballos listos para la mañana siguiente. Se negaba a ir a solas con el príncipe a Scarp. Primero, porque no era adecuado que se paseara con nada más que un guardia a su lado; y segundo porque, si lo hacía, se veía capaz de estrangularlo durante el camino y luego advertir de que lo había perdido en algún momento de despiste, sin ver que algún riachuelo se llevaba su cuerpo.

Tal vez exageraba al pensar aquellas cosas, sí. Pero la forma en que Zac siempre sonreía de manera burlona empezaba a pasarle factura.


Al terminar de organizar el paseo de la mañana siguiente, volvió al castillo dispuesta a ir a la cocina para averiguar si era necesario renovar toda la despensa, antes de ir a los entrenos de la guardia para seguir con el reclutamiento del puerto. Encontró a Shela en la entrada del castillo, mientras Zac preparaba un caballo para salir a vete a saber dónde.

—Pues claro, hijo.

Ena, con una mano sobre su frente para tapar los rayos de luz, podía ver la majestuosidad de las grandes puertas de madera enmarcadas por sus imponentes muros de piedra. Un camino de asfalto pulido y bien cuidado guiaba a quien entrara desde la entrada principal hasta la base de las escaleras que conducían a las grandes puertas. A cada lado del camino, jardineras rebosaban flores en tonos vivos de varios colores, dominando entre ellos el rojo y el amarillo. Las escaleras de piedra gris, ligeramente desgastadas, subían en un arco y estaban acompañadas de pequeñas estatuas en unas pequeñas columnas. El castillo tenía una apariencia imponente entre los arbustos del bosque que lo rodeaba a las afueras, y, a pesar de ello, era acogedor y su majestuosidad te invitaba a cruzar hacia un mundo de historia y grandeza que, en aquellos tiempos, estaban marcados y dirigidos por Shela, de pie sobre el primer escalón.

—Mamá, a Dulia le encanta mi sonrisa, no necesita que la visite para charlar de nada. Voy a ver a Verko, que, te guste o no, es mi mejor amigo y eso no cambiará. Ni porque sean primos ni por nada. Pero no te preocupes, paso antes por su casa para decirle hola y que no llore esta noche por no haberla visitado.

—Solo digo que empieces a hacerte a la idea. Me da igual que seas amigo de Verko… Sabes que siendo el dueño del puerto es importante el buen trato con él. Pero eso no quita que debes comportarte con ella y mostrar interés. Zac, es tu futura esposa y reina de Fonsal a tu lado. No seas como tu padre.

—Muy bien —respondió él poniendo los ojos en blanco y sabiendo que Shela mentía, pues la amargada del matrimonio con su padre siempre había sido ella—. Pero no metas a papá en esto. Porque no nos parecemos en nada. Ni siquiera me parezco a ti —añadió con una pequeña sonrisa pícara.

Shela se marchó negando con la cabeza y Ena siguió andando hasta llegar donde él estaba.

—¿Te apetece acompañarme a visitar a mi futura esposa y reina de Fonsal?

—Antes me lanzaría desde esa altísima torre —dijo ella señalando con la mirada el castillo—, y dejaría que mis sesos mancharan toda tu ropa al caer contra el suelo.

—Explícita…, me gusta.

—Espero que sea capaz de soportarte —susurró Ena cuando ya estaba demasiado cerca para pasarlo por detrás.

Zac la frenó agarrándola del brazo antes de que continuara y la miró fijamente durante un par de segundos.

—¿Decías? —preguntó Zac aún con su sonrisa en la cara.

«Otra vez demasiado cerca, respira», se dijo ella mientras lo miraba fijamente y apretaba los dientes para evitar pegarle ese puñetazo en el que no dejaba de pensar.

Se soltó de su agarre con fuerza y empezó a subir las escaleras que la llevaban al interior del castillo, lejos de ese imbécil.

—Nos vemos mañana —le dijo él para despedirse mientras se mordía el labio con diversión, aunque ella no llegó a verlo.

—Si no te he matado antes —susurró Ena sabiendo que, esta vez, no la escuchaba.


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